Entre el cerco externo y la especulación interna, florecen la solidaridad y la conciencia popular
No se trata de eliminar el mercado, sino de regular la codicia, penalizar la usura y restaurar la confianza
Cuba enfrenta hoy una de las coyunturas más complejas de su historia. Por un lado, el férreo bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos —recrudecido en los últimos meses con medidas que impiden la entrada de combustibles al país—, asfixia sectores vitales como la salud, el transporte, la producción de alimentos y la generación eléctrica.
Esta política, calificada por organismos internacionales como de “efectos extraterritoriales y criminales”, ha causado pérdidas billonarias de dólares a la nación y vulnera los derechos humanos de todo un pueblo.
Pero junto a esta agresión externa, que ningún país debería soportar, ha emergido una dinámica interna igualmente dolorosa. En medio de la escasez inducida por el bloqueo, una parte de los actores económicos —mipymes, trabajadores por cuenta propia e incluso entidades estatales— han optado por elevar los precios de manera especulativa, tanto en el mercado oficial como en el subterráneo.
Productos de primera necesidad, medicinas, insumos y hasta el transporte público y privado se han disparado a niveles inalcanzables para el salario medio.
Esta conducta, que algunos justifican por la falta de oferta o el riesgo del negocio, termina por oprimir a los más vulnerables: el vecino que necesita trasladarse, el jubilado que busca comida, la madre que requiere leche para su hijo. Es una presión silenciosa, pero tan dañina como un cerco externo, porque fractura la solidaridad y alimenta el desaliento.
Sin embargo, en medio de esta doble adversidad —la que viene de fuera y la que nace dentro— se observan gestos alentadores, muchos de ellos protagonizados por jóvenes. En barrios y comunidades surgen redes juveniles de apoyo, se organizan comedores para los más vulnerables y se tejen otras vías de solidaridad.
Médicos y personal de enfermería siguen atendiendo a sus pacientes con recursos mínimos, pero con una entrega admirable.
El cubano es solidario por naturaleza y esa condición no puede arrebatársela ni siquiera el desaliento que generan los enemigos de fuera, esos que se autoproclaman defensores de la libertad y el bienestar del pueblo mientras defienden medidas de asfixia.
La situación es insostenible, sí. Pero no es irreparable. Mientras el mundo debe alzar la voz para exigir el fin del bloqueo criminal contra Cuba, en el plano interno se hace urgente un pacto ético entre todos los actores económicos: mipymes, cuentapropistas, empresas estatales y gobierno. No se trata de eliminar el mercado, sino de regular la codicia, penalizar la usura y restaurar la confianza.
Cuba no se rinde ante el cerco externo. Ahora falta que nadie, desde dentro, le ponga un cerco a la esperanza.
