Camilo vive en el pueblo matancero
La mañana matancera amaneció con ese aire húmedo que sube del río San Juan, el mismo que durante décadas resulta testigo del gesto más silencioso y a la vez más elocuente del pueblo cubano.
En la tarde de este 28 de octubre estudiantes, trabajadores y vecinos de la ciudad comenzaron a congregarse en el parque del Che.
No hubo escenario monumental ni grandes discursos, solo el murmullo de cientos de personas cargando flores y la certeza de que, como hace 67 años, Camilo Cienfuegos sigue sin tener una tumba, pero tiene un pueblo entero que le rinde honores.
La cita, que año tras año organiza la Unión de Jóvenes Comunistas en la provincia tuvo un matiz que trasciende lo protocolario: la presencia visible de los dirigentes políticos y gubernamentales caminando junto a la gente, no se trató de una tribuna aparte, las principales autoridades de Matanzas acompañaron el recorrido desde el mural del Guerrillero Heroico hasta la bahía, fundiéndose en la multitud que portaba gladiolos, rosas y girasoles.
El punto de partida fue el mural dedicado a Ernesto Guevara, donde se depositó una ofrenda floral, pero el momento más simbólico llegó a orillas del San Juan.
Allí, jóvenes de distintas enseñanzas y trabajadores de la ciudad tomaron la palabra. Como es tradición, las nuevas generaciones ratificaron su compromiso con la obra que Camilo y el Che ayudaron a forjar.
El acto culminó con el gesto que ya es una firma emocional de cada 28 de octubre en Cuba. Uno a uno los matanceros lanzaron sus flores al río, no hubo solemnidad excesiva, hubo aplausos, alguna que otra lágrima contenida en los rostros de los más veteranos y la curiosidad de los niños que preguntaban por qué se tiraban las flores al agua.
La respuesta, aunque sencilla, es la clave de esta tradición: como el avión en que viajaba Camilo de Camagüey a La Habana se perdió en el mar en 1959 y nunca fue hallado, el pueblo cubano ideó esta forma de despedida eterna.
Al finalizar, la multitud se dispersó lentamente, los dirigentes se marcharon como llegaron, caminando entre la gente. Las flores, ya meciéndose en la corriente del San Juan, iniciaron su viaje hacia la bahía.
En Matanzas, un año más, se cumplió el rito, Camilo no tiene una lápida, pero hoy, como siempre, tuvo el acompañamiento de su pueblo y el ímpetu de una juventud que insiste en mantenerlo vivo.
