10 de enero de 2026

Radio 26 – Matanzas, Cuba

Emisora provincial de Matanzas, Cuba, La Radio de tu Corazón

Crónica de un viejo en Carlos Rojas: Tras las huellas de Juan Padrón

—Gracias, Juanito —dice el viejo, antes de seguir su camino—. Por enseñarnos que la historia también se puede contar con humor… y con alma.

El sol de la tarde cae oblicuo sobre las calles polvorientas de Carlos Rojas, ese rincón matancero donde el tiempo parece haberse detenido.

Un viejo de sombrero de yarey y bastón de guayacán camina despacio, como si cada paso fuera una caricia al suelo que lo vio nacer. Sus ojos, velados por los años, se iluminan con cada rincón que le recuerda a Juan Padrón, el hijo ilustre del pueblo, el que dibujó con tinta y humor la historia de Cuba.

—Aquí, en esta esquina —murmura el anciano, señalando una casa de portales bajos y paredes descoloridas—, vivía la abuela de Juanito. Siempre decía que de niño ya andaba con un lápiz en la mano, dibujando mambises en las libretas de la escuela.

El bastón golpea el suelo con ritmo pausado. El viejo se detiene frente al parque, donde los niños corretean sin saber que, en ese mismo lugar, quizás Elpidio Valdés cabalgó por primera vez en la imaginación de su creador.

Elpidio, el mambí de bigote recio y machete en mano, que luchaba contra los colonialistas con más gracia que pólvora. Un héroe de papel y celuloide que enseñó a generaciones de cubanos que la historia también podía ser divertida.

—¡Ah, Elpidio! —suspira el viejo—. Cuántas veces lo vi en el cine del pueblo, con los muchachos aplaudiendo cada vez que le daba su merecido a un español.

Pero no todo era machete y manigua. El viejo sonríe al recordar aquellos Filminutos, pequeñas joyas animadas que, en apenas sesenta segundos, decían más que muchos discursos. Humor absurdo, sátira fina, y una cubanía que se colaba por cada fotograma.

“¡Vampiros en La Habana!”, por ejemplo, fue una locura. ¿Quién más podía imaginar una guerra entre vampiros europeos y cubanos por una fórmula antisol? Solo Juan, con su mente chispeante y su risa contagiosa.

El viejo llega al mural deslucido que alguna vez tuvo pintado a Elpidio montado en su caballo Palmiche. Pasa la mano por la pared, como si acariciara un recuerdo. Y entonces, como si hablara con un fantasma, dice:

—¿Te acuerdas, Juan? Cuando me contaste que habías conocido a Quino en Argentina. ¡Qué par de locos! Tú con tus mambises y él con su Mafalda, esa niña que preguntaba más que un tribunal. Se entendieron sin hablar mucho, como si los uniera el mismo trazo rebelde.

El viento levanta un poco de polvo y el viejo se cubre los ojos. Mira al cielo, como buscando una señal. Quizás, en alguna nube, vea a Elpidio saludando con su machete en alto, o a Pepe el loco lanzando una de sus frases sin sentido. O tal vez, solo tal vez, escuche la risa de Juan Padrón, esa que aún resuena entre los cañaverales y los adoquines de Carlos Rojas.

—Gracias, Juanito —dice el viejo, antes de seguir su camino—. Por enseñarnos que la historia también se puede contar con humor… y con alma.

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