Despedida inconclusa
Cuando un actor fallece, ¿cuántas personas mueren con él?; ¿cuántos caracteres, personajes, memorias quedan en el camino? Y sí, además de representar historias sobre el escenario y la pequeña pantalla, el artista escribe y dirige sus propias puestas, ¿cuánto de él y su luz perduran en sus textos y enseñanzas? ¿Cómo nos despedimos de un hombre que seguirá estando en el teatro, la radio, la televisión, en sus alumnos, en nuestros recuerdos?
La última vez que vi a Gilberto Subiaurt ya había dejado un poco de ser él. Advertí en sus gestos un hilo de olvido y su mirada dispersa, un poco perdida, huérfana de historia. Iba, eso sí, con su habitual porte de galán y su sombrero, con esa caballerosidad y dulzura que le eran tan espontáneas, al estreno de Baños públicos, de Icarón, su casa profesional durante mucho tiempo. Percibí que no me recordó, pero me saludó con una amabilidad auténtica y el cariño de siempre.
Desde hace algunos meses, varias afecciones de salud alejaron al artista de su público, de las calles matanceras donde lo detenían con frecuencia para tomarse fotos o conversar. Siempre con una sonrisa, accedía él al diálogo y las peticiones de sus admiradores, como un viejo amigo. Y eso era Gilberto, un buen amigo, el que estaba siempre.
Alumno de Albio Paz, Abelardo Estorino y Pedro Vera nunca olvidó su Unión de Reyes natal. Sobre una colina, adornada por flores y árboles, donde los aguacates adornan las ventanas abiertas siempre, en un espacio donde lo rústico y la música se mezclan como valor agregado, recordaba de tarde en tarde, entre sorbos de café, su querida tierra.
Llegó el actor a La Habana un día buscando crecer profesionalmente, con el sueño de entrar en la televisión. Lo logró y su rostro llegó a toda Cuba. Sus gestos, aprehendidos desde los tiempos en que se fundó Teatro El Público, en Teatro de Sur, El Mirón Cubano e Icarón, conquistaron a los espectadores, al tiempo que se abría camino también en la radio.
Su paso por diversas agrupaciones, su versatilidad en los medios en los que incursionó, la verdad con que asumió cada personaje, le ganaron el aprecio y el respeto del público y de otros artistas.
Pero la vida le canjeó los sueños por una experiencia que lo marcó profundamente. Durante varios años estuvo al cuidado de su madre quien padecía Alzheimer y, luego de su fallecimiento, se quedó en la urbe yumurina porque la mayor parte de su repertorio se ha estrenado aquí y sentía que eso lo ataba irremediablemente.
Este sábado se apagó el cuerpo de Gilberto, pero tal vez su espíritu siga el camino señalado por los Condenados. En su andar recogerá todas las Aguas para aplacar, junto a Edith, el Polvo esparcido por los Aires.
Las Tierras les servirán de almohada y sus Cantares aliviarán el cansancio por el camino recorrido. Solo las Promesas alumbrarán su paso hacia las Luces que él mismo se empeñó por mantener encendidas desde la amabilidad, el amor y la entrega siempre a la cultura.
Nos deja Subiaurt con el recuerdo hermoso de aquel Adrián de Si me pudieras querer, Severo, de Caliente, caliente que te quemas, o, más recientemente, Leonardo, de Viceversa. Se lleva consigo aquella voz potente, la dulzura que distingue a la “gente del campo”, la promesa de un café tantas veces postergado y una despedida, inconclusa, como su vida.
