13 de agosto de 2026

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De la Espriella entierra a los damnificados bajo los escombros de su propia mezquindad política

Cada hora sin los equipos de México, de China, de la ONU, es una hora en la que un colombiano bajo el concreto deja de ser un rescate posible para convertirse en un cadáver que habrá que exhumar
No hay protocolos que valgan: esto es selección política de vidas.

Que Abelardo de la Espriella lleve cinco días sin solicitar ayuda internacional formal después de un terremoto que ha dejado miles de atrapados, ciudades en ruinas y un sistema de salud colapsado no es, como insinúan sus voceros, un problema de «trámites burocráticos». Es, lisa y llanamente, una decisión política cobarde disfrazada de tecnicismo. Y lo que es peor: es una decisión que está costando vidas.

El argumento de la «capacidad nacional no superada» es un insulto a la inteligencia. ¿Qué capacidad nacional? ¿La de los bomberos que trabajan 48 horas seguidas sin relevo? ¿La de los hospitales de Pereira que atienden en pasillos? ¿La de las máquinas retroexcavadoras que no alcanzan para remover los escombros?

El sistema escalonado—municipio, departamento, nación—fue diseñado para inundaciones locales o deslizamientos menores, no para una catástrofe que partió en dos a medio Colombia. Aferrarse a ese manual cuando el país se desangra no es prudencia técnica: es negligencia activa o, peor, ignorancia fingida.

Y no nos vengan con el cuento del «tiempo de los trámites». El decreto de emergencia se firma en una hora si hay voluntad. Las notas diplomáticas se redactan en minutos. Lo que toma tiempo no es el papeleo, es decidir si se traga el orgullo y se reconoce que el gobierno no puede solo. Eso, para un mandatario que acaba de estrenar el cargo, es inasumible: su imagen de fortaleza vale más que los brazos que podrían estar sacando gente con vida.

Mientras De la Espriella protege su ego, bajo los escombros hay colombianos que dejan de respirar.

Pero la hipocresía alcanza su punto más asqueroso con el caso de Estados Unidos. ¿Cómo es posible que un equipo de rescate estadounidense ya esté en camino sin que exista una solicitud formal, mientras la oferta de México—255 militares, binomios caninos, 8,4 toneladas de herramienta—sigue congelada? ¿Y la de China, con una de las experiencias más probadas del mundo en rescate sísmico? ¿Y la de El Salvador, ofrecida por Bukele? ¿Y la de la ONU, que tiene logística global y solo espera una llamada?

La respuesta es tan obvia que duele: no hay obstáculo burocrático, hay filtro ideológico. La ayuda de Trump se acepta por afinidad política. La de los demás se desprecia por cálculo geopolítico. Esto no es gestión de desastres: es maquiavelismo criollo aplicado a una tragedia humanitaria. Es decirle al mundo que los muertos no importan, solo importa a quién le debemos favores.

Señor De la Espriella: los protocolos no salvan vidas, los rescatistas sí. Mientras usted juega a la diplomacia selectiva, los minutos de oro para encontrar sobrevivientes se agotan. Cada hora sin los equipos de México, de China, de la ONU, es una hora en la que un colombiano bajo el concreto deja de ser un rescate posible para convertirse en un cadáver que habrá que exhumar.

La conclusión es brutal: usted no está protegiendo la soberanía, está protegiendo su imagen. Y ese cálculo, en medio de esta tragedia, no es solo una negligencia. Es, en términos llanos, una complicidad con la muerte. Porque cuando se tiene el poder de pedir ayuda y no se hace, la responsabilidad de cada vida perdida no es del terremoto: es suya.

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