29 de mayo de 2024

Radio 26 – Matanzas, Cuba

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Rafael María de Mendive: un maestro de maestros

A José Martí debe haberle sucedido algo similar con su maestro, porque Rafael María de Mendive supo transmitirle ideas esenciales como el amor a la libertad, la justicia, el decoro y la preocupación por los humildes; ideas que luego serían el leitmotiv de la prédica martiana.
El maestro y su discípulo, obra de José Villa Soberón. Foto: Irene Pérez/ Cubadebate.

 

A los buenos maestros no se les olvida nunca. Hasta cuando crees andar solo por el camino que has aprehendido, vuelves a repasar aquellas enseñanzas, sus frases las haces tuyas y luego te descubres también repitiendo hasta los mismos gestos.

A José Martí debe haberle sucedido algo similar con su maestro, porque Rafael María de Mendive supo transmitirle ideas esenciales como el amor a la libertad, la justicia, el decoro y la preocupación por los humildes; ideas que luego serían el leitmotiv de la prédica martiana.

Ese amor desmedido por la poesía también lo admiró de él;  y el valor, el mismo valor que hizo a Mendive acoger en su casa las reuniones patrióticas, aunque estas lo llevaran luego a sufrir  cinco meses de prisión tras los sucesos del Teatro Villanueva. Sus colaboraciones con importantes publicaciones internacionales y la determinación de seguir alentando la causa separatista incluso desde el exilio, nos remiten al obligatorio paralelismo entre las dos vidas.

De España a Nueva York y de allí a Cuba en cuanto se firmó la Paz del Zanjón (tradúzcase en añoranza por la Patria amada), y el otro regreso, siempre al magisterio, nos hace pensar en un Rafael María de Mendive, como Martí, fiel a sus principios y aficiones. Justo allí, frente a un colegio, el Gonzaga, de Cárdenas, enfermó en 1886 el ilustre maestro y murió el 24 de noviembre, luego de ser trasladado a La Habana.

Más tarde, el primero de julio de 1891, José Martí escribiría una semblanza en El Porvenir, de Nueva York: “Prefiero recordarlo, a solas, en los largos paseos del colgadizo, cuando callada la casa, de la luz: de la noche y el ruido de las hojas fabricaba su verso; o cuando , hablando de los que cayeron en el: cadalso cubano, se alzaba airado del sillón y le temblaba la barba”.  

Mendive había legado una impronta marcada por sus colaboraciones con el periódico Crónica de Ultramar (París), Aguinaldo Habanero (1865), Correo de la Tarde, Diario de La Habana, entre tantos otros. Además había publicado traducciones, dirigido el Diario de Matanzas (1878-1879) y tenía dramas inéditos, a veces bajo seudónimos  como Tristán del Páramo o Armand Flevié.

Pero, aunque algunos de sus versos fueron traducidos al francés y otros aparecieron en la antología Poetas españoles y americanos del siglo XIX, de Andrés Avelino de Orihuela, la prolija obra del  profesor no llegó a ser tan conocida como lo fue después la de su protegido y discípulo. Sin embargo, detrás de la vida y obra martiana, arde siempre la luz de Rafael María de Mendive, un maestro de maestros.

 

 

 

 

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