Al General de las Cañas
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La tarde del 22 de enero de 1948 la estación ferroviaria de Manzanillo dejó de ser un simple nodo de tránsito para convertirse en el epicentro de una tragedia que desgarraría el tejido social de la nación.
Bajo el plomo artero del capitán Joaquín Casillas Lumpuy, caía abatido Jesús Menéndez Larrondo, cuya existencia no fue sino una prolongada vigilia en defensa de los desposeídos.
Aquellos disparos, lejos de silenciar su voz, oficiaron como el fúnebre preludio de una indignación popular que transformó al líder asesinado en un símbolo imperecedero de la resistencia proletaria frente a la tiranía y el servilismo.
Nacido en la villareña Encrucijada en 1911, Menéndez portaba en su sangre la herencia indómita de sus ancestros mambises, una estirpe que no admitía la genuflexión ante la injusticia. Su ascenso en la vida pública fue meteórico y provisto de una madurez política asombrosa; con apenas 28 años, ya integraba la lista de delegados a la trascendental Asamblea Constituyente de 1940.
Desde su escaño en la Cámara de Representantes, bajo la bandera del Partido Unión Revolucionaria Comunista, su oratoria no buscaba el aplauso vacuo, sino la cristalización legislativa de una equidad social que la República, hasta entonces, solo había prometido en papel.
El escenario nacional, empañado por la administración de Ramón Grau San Martín, se caracterizaba por una corrupción sistémica y una entrega vergonzosa de los intereses nacionales a la hegemonía estadounidense.
En ese contexto de entreguismo la figura de Menéndez emergió como un escollo insalvable para la oligarquía. Su liderazgo sindical no era una mera gestión administrativa, sino un desafío frontal a las estructuras de poder que pretendían perpetuar la explotación en los centrales azucareros; por ello, el cuerpo represivo del gobierno «auténtico» vio en su eliminación física la única vía para sofocar el fragor de su justicia.
La obra de Menéndez Larrondo se inscribe en la historia económica de Cuba con letras de oro a través de la conquista del «Diferencial Azucarero», una victoria técnica y política que arrebató millones de dólares a la voracidad de los consorcios extranjeros para devolverlos al bolsillo del trabajador.
Su gestión no se detuvo allí: el establecimiento de la caja de retiro, la jornada de ocho horas, el pago de horas extras y la implementación de la maternidad obrera fueron hitos que humanizaron un sector históricamente precarizado. Cada centavo arrancado a la corrupción fue una victoria de su inteligencia estratégica sobre la demagogia de la época.
Su impronta institucional fue igualmente vasta, siendo el alma máter de la Federación Nacional de Obreros Azucareros (FNOA) y un pilar fundamental de la Confederación de Trabajadores de Cuba (CTC).
Menéndez comprendió, con una lucidez poco común, que la soberanía de la Isla estaba indisolublemente ligada a la protección de su cuota azucarera frente a las legislaciones proteccionistas de Washington.
Su rechazo pertinaz a toda normativa que mancillara la reputación del azúcar cubano lo consagró como un diplomático de los humildes, un negociador implacable que jamás transigió en el altar de la conveniencia personal.
A más de siete décadas de aquel crimen que pretendió segar su luz, el eco de su sacrificio retumba en el batey y en la fábrica con la fuerza de un mandato ético. Jesús Menéndez pervive no solo como el dirigente que doblegó a los magnates, sino como la inspiración lírica que Nicolás Guillén inmortalizó en su elegía como el «General de las Cañas».
Su recuerdo es hoy una brújula moral para la nación: el testimonio vivo de que la dignidad de un pueblo se defiende con el pecho descubierto y que la verdadera inmortalidad se conquista cuando se escribe la historia con la tinta del honor y la sangre del martirio.
