26 de enero de 2026

Radio 26 – Matanzas, Cuba

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Más que la cartilla y más que el manual

Ramón González Padín no se nombra héroe, sabe que es un hombre que estuvo donde hacía falta con la certeza de haber sido parte de algo grande para ayudar al pueblo, una misión noble y sacrificada que, más de 60 años después, sigue respirando en su memoria

La bicicleta descansa apoyada en la pared mientras Ramón González Padín ajusta la cadena con sus manos ya endurecidas por los años. Tiene 81 años y, sin embargo, cuando habla de 1961 es como si el tiempo se plegara sobre sí mismo.

Ahora solo está dándole un repaso a su bicicleta de toda la vida, como igual pudiera estar arreglando cualquier otro cacharro de la casa, pues de siempre su historia ha sido eso: buscar soluciones y seguir adelante, incluso cuando el camino se pone difícil.

Nació el 31 de agosto de 1944, en Cifuentes, en el barrio Sitio Grande. Era un muchacho de secundaria, estudiante de séptimo grado, cuando se anunció la Campaña de Alfabetización. Tenía 17 años. Recuerda el aula casi vacía de voluntades ante aquella petición: fue el único que levantó la mano.

Lo dice hoy con una carcajada un tanto irónica. Si aquello ocurriera ahora —asegura— la reacción sería otra. Entonces no. En su casa nadie se opuso. La familia entendió que no se trataba de una locura juvenil, sino de una gran responsabilidad.

Antes de comenzar a alfabetizar fue enviado a Varadero durante 15 días, a un pequeño curso para aprender a utilizar la cartilla y el manual del alfabetizador. No hubo tiempo para romanticismos: era una preparación urgente y concentrada, como si el país entero estuviera respirando hondo antes de lanzarse.

Luego vino la Ciénaga de Zapata, espesa y hostil. 16 muchachos, mosquitos que no daban tregua y un hambre que se instalaba en el estómago como un ruido permanente. Para el autosustento del mes solo diez pesos cubanos y nada más. “Más hambre que un ratón en una ferretería”, afirma para darle un poco de humor a la situación.

La escuela estaba en Buenaventura, pero el fue ubicado en El maíz con apenas siete casas dispersas alrededor, un paisaje aislado, donde el silencio de la noche solo lo rompían los insectos y los pasos cuidadosos. Ninfa era la maestra del lugar que atendía a los niños pequeños, mientras que Gladys Martha Berbello y Rigoberto Hernández compartían con él la misma suerte de brigadistas jóvenes. La tarea estaba clara, de día trabajar en el campo y de noche enseñar.

Ramón cuenta que una noche llegó a pensar que los mosquitos vivían solo de él y obligado a huir en la oscuridad, tratando de escapar un poco de tantas picaduras, sin darse cuenta, al andar cayó en una casimba. El golpe fue seco y su rodilla sufrió todo el impacto, pues se le hinchó hasta dejarlo casi inmóvil.

Aun así, no se detuvo e intentó seguir siendo útil cocinando para los campesinos mientras que todos trabajaban. No había mucha variedad para comer por aquel lugar, por lo que su plato más recurrente de preparar era solo arroz con boniato, resolviendo la alimentación en el lugar como se pudiera.

Una tarde, cocinando como de costumbre, escuchó varios autos llegar a toda prisa y posicionarse alrededor de la escuelita. El estruendo fue tan fuerte como rápido, cuando de un momento a otro tenía fusiles apuntando por cada una de las ventanas y puertas de la escuela. Entonces entró Fidel Castro.

Sin ceremonia se sentó en una camita estrecha. Lo saludó con voz firme y miró todo a su alrededor. Ramón llevaba solo allí todo el dia. Durante el pequeño intercambio el Comandante le celebró la comida y le preguntó por su salud mientras lo alentó bajo la frase “en la Sierra había gente en peores condiciones y seguían andando.” Ese gesto quedó tatuado en su memoria como una lección silenciosa de resistencia.

Después llegaron los días de reposo forzado. Pasó por la comisión de Jovellanos donde necesitó mes y medio para curarse. Pero no se quedó quieto y al estar mejor y concluir esa etapa, continuó con su labor, pues hacía falta un brigadista en una escuela-rancho a la que fue enviado, con una sola mesa para estudiar, pero mucho interés.

Las clases eran de noche, cuatro hombres sentados frente a él, aprendiendo a leer después de largas jornadas de trabajo. Cuenta entre risas, que una vez mientras caminaba por una de las veredas fue persiguido por  una iguana entre el monte, como si la naturaleza quisiera probarle el coraje.

Recuerda con amor uno de los momentos de más felicidad cuando su padre y su hermano fueron a visitarlo. Un alumno los llevó hasta la escuela. El reencuentro, breve pero cargado de emoción, le confirmó que el sacrificio tenía sentido y lo ayudó a tomar fuerza para continuar con su tarea. Alfabetizar, para él, fue más que enseñar letras: fue un acto de entrega, un gran logro para ayudar a su pueblo.

La medalla que le fue otorgada el 22 de diciembre de 1961 en casa uno de los muchachos que participaron en la campaña.

Cada día, semana o mes que pasaba, lo acercaban más a la meta, “lograr un territorio libre de analfabetismo”. Apenas sin darse cuenta logró cumplir con su labor y llegó la despedida, de la cual guarda muchos recuerdos, dejando viva aquella experiencia por siempre en su corazón.

El 22 de diciembre de 1961 el país fue declarado libre de analfabetismo y con ello se le otorgó la medalla que aún guarda en un cajón de su mesita de noche junto a su bandera.

La vida siguió su curso, pero la Campaña quedó ahí, intacta. Hoy, cuando sostiene la bandera y la medalla, junto a una fotografía suya de aquellos años, no habla de heroicidad, habla de orgullo. De haber cumplido con su deber.

Ramón González Padín no se nombra héroe, sabe que es un hombre que estuvo donde hacía falta con la certeza de haber sido parte de algo grande para ayudar al pueblo, una misión noble y sacrificada que, más de 60 años después, sigue respirando en su memoria.

  • Texto y fotos de Arabel Sotés González

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