2 de febrero de 2026

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Matanzas otorga título Honoris Causa al intelectual cubano Miguel Barnet (+fotos y audio)

“Italia le dio al mundo a Roma, Francia, le dio al mundo a París y Cuba no quiso quedarse rezagada y le dio al mundo a Matanzas. Cúspide del romanticismo del siglo XIX cubano, llamado por los historiadores como el Siglo de oro de la literatura cubana. Y esta Matanzas es un misterio, su fuerza endógena, su magnetismo, su lisura y sus bellos puentes mirando a la bahía más opulenta de la isla, han convertido esta ciudad en un faro de cultura.

La Universidad de Matanzas reconoció al poeta, novelista, ensayista y etnólogo cubano Miguel Barnet Lanza, Presidente de Honor de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, con el título honorífico de Doctor Honoris Causa en Ciencias de la Educación, en la Sala White, durante las actividades del Primer Festival Internacional de Poesía Puentes Poéticos.

Al recibir la distinción el Doctor en Ciencias expresó su agradecimiento a la ciudad a la que ama y que lo acogió como Hijo adoptivo.

Confesó que constituye para él un remanso de paz desde su juventud, cuando compartía con Carilda Oliver y otros matanceros tardes de poesía y amistad, en Tirry 81.

En sus palabras de elogio, la doctora en Ciencias Isabel Hernández Campos, directora del Castillo de San Severino, Museo de la Ruta de las personas esclavizadas dijo que la alta investidura constituye un prestigioso reconocimiento de la casa de altos estudios para quienes contribuyen con su obra al desarrollo de la cultura cubana.

Como discípulo de Fernando Ortiz, Miguel Barnet ha investigado las distintas fuentes de la cubanía. Su obra Biografía de un cimarrón es un clásico de la literatura cubana.

Ocupa el Sillón B como miembro de número de la Academia Cubana de la Lengua. En el año 2002 se le dedicó la Feria Internacional del Libro de La Habana como reconocimiento a su vida y obra. Es fundador de la UNEAC y fue electo su presidente 2008.

Palabras de agradecimiento de Miguel Barnet

Evocación a Matanzas

“Muchas gracias por asistir esta tarde ya inolvidable para mí, esta tarde fría de enero. Si buscan en Internet verán que yo nací el 28 de enero de 1940 y ese día había once grados en la ciudad de La Habana, de modo que me imagino que cuando nací di un gritico bien agudo por el frío debí haber sentido después de salir del vientre de mi madre maravillosa que me puso el nombre de Miguel Ángel, que yo de ángel no tengo nada. Ustedes todos lo saben. Pero mi nombre el literario es Miguel Barnet que es como se me conoce y como me reconozco yo también.

“Muchas gracias a nuestro querido ministro Alpidio Alonso, poeta, por estar aquí y a todos los amigos. Sí, he recibido algunos Honoris Causa, pero este no lo esperaba porque como Matanzas me ha dado tantas alegrías, tantas satisfacciones que son premios también. El hecho de haber sido declarado Hijo Adoptivo de Matanzas, hace unos cuantos años ya, me obligaba a amar esta ciudad por encima de otras del país por todo lo que voy a dar decir ahora.

“Yo tenía dos opciones: hacer un texto académico que vinculara este premio a mi obra como antropólogo, como escritor y a la novela testimonio, cosa que quizás los hubiera aburrido un poco porque son aspectos de mi vida sobre los cuales he hablado en muchas ocasiones. Sin embargo, quiero recordar aquellos días difíciles de lo que se llamó benignamente el Quinquenio Gris, cuando un grupo de intrusos se apoderó de la cultura cubana y estableció un sistema oprobioso para escritores y artistas de valía. En esos años duros, difíciles, Matanzas fue para mí un lugar de sosiego y una especie de oasis. Por eso, en vez de hacer un texto académico quiero recordar aquellos años.

“Italia le dio al mundo a Roma, Francia, le dio al mundo a París y Cuba no quiso quedarse rezagada y le dio al mundo a Matanzas. Cúspide del romanticismo del siglo XIX cubano, llamado por los historiadores como el Siglo de oro de la literatura cubana. Y esta Matanzas es un misterio, su fuerza endógena, su magnetismo, su lisura y sus bellos puentes mirando a la bahía más opulenta de la isla, han convertido esta ciudad en un faro de cultura.

“Sus escritores, músicos y artistas en general desde principios del siglo XIX le otorgaron el título de Atenas de Cuba. Ella nunca fue considerada helénica pero sus creadores le han conferido legítimamente ese título que hoy se hace realidad con la gestión universitaria, sus editoriales, sus bibliotecas y sus salas de teatro.

“Matanzas es un misterio. Ella te convoca precisa, te roba con su magnetismo y su fuego, con su Valle de Yumurí, envidia de cualquier pintor impresionista. Y sus gentes, tan arraigadas a esta tierra; no conozco a ningún matancero que no sienta el orgullo de serlo porque ser matancero es garantía de identidad y lujo espiritual.

“Sin columnas sin portales, pero con una vocación abierta hacia sus visitantes, Matanzas es certeza del afecto y la hermandad. Y es que su gente no se parece a ninguna otra de la isla porque llevan el abrigo de la amistad como un amuleto. No pueden imaginar ustedes, y me refiero especialmente a los jóvenes, lo que para un escritor significa llegar a esta Atenas de puentes y paseos marítimos, a la ciudad culta que posee las bibliotecas más antiguas de la isla, las casas editoriales más serias y originales como Vigía que ha sido lo que soñó su fundador Alfredo Zaldívar, hoy dirigida por Agustina Ponce, él con sus cuarenta años, con sus papeles reciclados porque cada libro en Vigía es una obra de arte, sea de la mano de un artista o de otro, y pienso en Rolando Estévez que se nos fue joven muy joven o como Ediciones Matanzas, con libros siempre de muy alta calidad y Aldabón otra empresa editorial que no cesa de sorprendernos.

“Haber sido honrado con el título de Hijo Adoptivo de esta ciudad es uno de los más acariciados galardones que guarda mi corazón y mi vida atesora algunos pero este lo hace latir con las sístoles y diástoles de mi corazón.

“El otro día en curiosa aventura por el bohemio paseo Narváez le contaba yo a unos jóvenes lo que era Matanzas para mí, habanero impenitente que pocas veces sale de su ciudad., y lo que significó en las décadas de los 60 y los 70 la llegada en el tren de Hershey a la Atenas de Cuba. Veníamos buscando aire y poesía y ningún lugar más apropiado que Tirry 81, la mítica casa de la más legendaria y atrevida de las poetas cubanas, Carilda Oliver Labra. En aquella casa de gatos y fantasmas se consumaba el ritual más estrafalario de la isla, más seductivo y embriagador. Nadie piense que nos emborrachábamos. Ahí la única droga era la poesía y el único licor era el té de caña santa o de limón. A las siete u ocho de la mañana salíamos hambrientos pero saturados de poesía a tomar el tren de regreso a La Habana.

“Hoy esta prestigiosa universidad me otorga el grado de Doctor Honoris Causa. Gracias amigos por este honor. Gracias al consejo universitario, a la rectora, Doctora Leida Finale de la Cruz por este reconocimiento. Me despido con un pequeño temblor en la mano derecha secuela de la chikungunya, que por poco me lleva del otro lado de la luna, pero gracias a este honor me da fuerzas para seguir viviendo. Y no hablemos sino de la vida. Esa que resplandece en esta ciudad que tanto amo. Esa que nace del corazón y que disloca la razón. Esa que es mi única fortaleza. La mejor forma de ver las estrellas no es mirar hacia arriba sino pisar los adoquines por donde caminaron José Jacinto Milanés Plácido, Bonifacio Byrne, Agustín Acosta y Carilda Oliver, poetas de la muy bien llamada Atenas de Cuba. Y aquí termino. Desventurado el que no sabe agradecer, escribió el Apóstol. Yo agradezco este reconocimiento con una sola bella y elocuente palabra. Gracias”.

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