Confluencia en el reino indiscutible de las aguas (+fotos)
A ocho kilómetros al oeste de la ciudad de Matanzas, siguiendo la carretera central, que enlaza la cabecera provincial con Ceiba Mocha, se topa uno con un paraje de gran singularidad: la unión de dos masas de aguas que se topan tras recorrer varios kilómetros de distancia.
Ese punto exacto donde se unen dos ríos, según refieren los textos de hidrología, se nombra confluencia. Y justo frente a una lengua de tierra, cerca de la finca La Julia, se logra divisar el sitio donde el río Caña se imbrica con el San Agustín, para darle nacimiento a un tercer cauce bajo este propio nombre, ya que la corriente tomará el nombre del río de mayor extensión.
Justo allí se construyó una derivadora para suministrar agua a las zonas cultivables de la hermana provincia de Mayabeque. En las inmediaciones de las alturas Habana-Matanzas nace el San Agustín, que traza su cuenca a lo largo de 26 kilómetros para fundirse en una especie de “machiembramiento” carpenteriano con el río Caña, para luego ir en busca del San Juan y depositar sus aguas en la bahía yumurina.
Los matanceros ignoran que el San Juan lleva en su curso la suma de varios afluentes que van juntándose a lo largo de un extenso trayecto.
El río caña es de los cauces naturales menos conocidos, a pesar de su importancia capital para el abasto de agua a la ciudad de Matanzas. Su cuenca hidrográfica alimenta los manantiales de Bello, sistema de pozos desde donde se distribuye parte del caudal que abastece a la urbe.
En cambio, los habitantes de la finca La Julia conocen bien esa unión de las dos corrientes, pero son escasos los aventurados que se deciden por visitar el lugar, quizás por desconocimiento, o por ubicarse en un lugar oculto entre la espesura del monte.
Para llegar hasta ese punto de encuentro de las corrientes se debe atravesar una finca privada.
Una vez cerca de la orilla se apreciará el bello fenómeno donde entran en contacto dos vías fluviales, dando nacimiento a un tercera, que correrá como río San Agustín hasta fundirse con el San Juan.
Entre las singularidades que ameritan una visita, vale mencionar la gran diferencia entre las tonalidades de los dos ríos. Este contraste responde a los sedimentos y materias orgánicas que arrastran.
El Caña se caracteriza por un azul turquesa que se puede apreciar a todo lo largo de su extensión y desde el propio nacimiento donde brota como manantial.
En cambio, el San Agustín, asume un color más verdoso y oscuro. Cuenta un lugareño que en este río abundan las carpas que se alimentan de diminutos microorganismos y plantas del fondo, acción que enturbia sus aguas.
Pero es necesario reflejar que también sufre una acción más directa de la actividad humana, provocando incluso altos niveles contaminación tras el vertimiento de residuos de un central azucarero radicado en Mayabeque.
Por suerte las acciones tomadas por autoridades ambientalistas han frenado los efectos negativos de este actor contaminante y el San Agustín ha recuperado su transparencia.
La quietud y belleza del entorno despiertan esos instintos de conservación que jalonea el alma de los amantes de los paisajes naturales.
Acceder a la confluencia de estos dos ríos por primera vez no alimenta el ego, más bien despierta el deseo de mostrar cuán exhuberante y prodigiosa puede llegar a ser la naturaleza, y la imperiosa necesidad de proteger semejante belleza.
