Rigor en la cantera
El violento sol enmudece a las aves y el resplandor que desprende se adueña de la vieja cantera del Kilómetro 101 encegueciendo la mirada. Por eso Ricardo Suárez García construyó un «tapasol», como le llama a aquella estructura de yagua y palos del monte que le permite blindarse ante una posible insolación.

En una cantera el sol agrede y fustiga la piel, pocos pueden permanecer bajo tal asedio más allá de las 10 de la mañana. Es la hora aproximada en la que el veterano Ricardo toma un descanso y regresa a su casa para guarecerse.
Por suerte la cantera queda justo en el patio de su hogar. Hace 10 años se radicó en estos parajes junto a su esposa. Fue cuando comenzó a extraer chapas de cantos como una forma de agenciarse el sustento.

Su morada está ubicada muy próxima a una colina. Desde allí una mina al aire libre lo abarca todo. Como esa, abundan cientos en Matanzas. Casi la totalidad del territorio matancero se encuentra ocupada por una extensa llanura cárcica, constituida por calizas margosas relativamente blandas, según cierta bibliografía especializada en minería artesanal.
Se trata de terminología científica que no le diría nada al veterano, ni a los tantos canteros que cada jornada se enfrentan al abrupto terreno para extraer los bloques que después comercializarán.
Nadie en su sano juicio se adentraría a ese agreste terreno para indagar sobre la calcarenita blanda; allí simplemente se le llama, desde siempre, chapas de canto.
Aunque ya rebasa los 80 años, 83 para ser exactos, Ricardo Suárez horada el macizo rocoso con la barreta para extraer un bloque gigante. Luego marcará con un lápiz el lugar exacto por donde pasarán los dientes del serrote de corte.

La barreta y el serrote son las herramientas imprescindibles de un cantero. Le permitirán el posterior seccionamiento de las piezas más pequeñas.
Existe un momento del día en que el sonido del serrote prevalece a kilómetros a la redonda. El amplio yacimiento posee diversas secciones de donde se extraen los cantos. Representa el principal sustento de muchos pobladores del lugar.
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La cantera del Kilómetro 101 está ubicada en una de las zonas mas elevadas de la ciudad. Con los años ha proliferado un asentamiento de casas con techos rústicos y paredes de este propio material.
Durante mucho tiempo fue la forma más económica de edificar una vivienda, aunque hoy el precio de un bloque de canto ha aumentado considerablemente.

A 80 pesos los comercializa Ricardo. En una jornada óptima puede extraer hasta 10, pero a veces tanto sacrificio se puede malograr y pasarán los días sin obtener ganancias.
Con pesar reconoce que en ocasiones el pedazo segmentado posee una grieta que atenta contra su calidad y resistencia, desvaneciéndose con facilidad.
-» Ese bloque de ahí no sirvió para nada»– expresa mientras se acerca a un pared vertical con varias ondulaciones. Desde el suelo se yergue un cúmulo de pedazos que no sirvieron para nada.
«A aquel trozo tampoco pude aprovecharlo, fue un trabajo perdido. En esta labor tienes días en que no sacas nada porque todo se te rompe.
» Cuando tienen grietas se desbaratan. El canto para que sirva tiene que estar liso».
– ¿Y sacar canto es difícil?
-¡Difícil! ¡Difícil! Todo el trabajo que se hace aquí es fuerte, aquí trabajo suave no hay ninguno, y el sol te castiga mucho.
-¿ Y por qué lo hace entonces?
– ¿Por qué lo hago? Por la necesidad viejo, que más te voy a decir….
Y el intento de conversación termina ante el avance casi despiadado del resistero. Ricardo sostiene el serrote y retoma la labor. Su cuerpo enjuto impulsa el instrumento dentado con resolución, como si no existiera el cansancio y la fatiga.

Mas, se trata de un octogenario que desde su franqueza absoluta reconocerá que » ya son ochenta y pico y pesan para arrastrar los años».
Pero su esposa necesita medicamentos y comprar la comida indispensable que les serene el estómago y les permita conciliar el sueño.
Aún resta para la media mañana. Con ese ritmo de trabajo logrará concentrar una decena. Por suerte el bloque seleccionado era liso, sin grieta alguna.
El «tapasol» le cubre del avance de los rayos solares. Su sombra se observa nítida en el suelo blanco y polvoriento. Su torso se proyecta inamovible pero sus manos no se detienen en un movimiento frenético. El sonido de la herramienta se vuelve monótono y su resonancia lo abarca todo.

Pocos sospecharán que lo producen unos brazos huesudos y longevos, que lejos de descansar se empeñan en darle forma a la piedra, más maleable y blanda que existencias humanas como la del cantero octogenario Ricardo Suárez.
