Una obra titánica: así trabajaron los antropólogos forenses cubanos en el terremoto de Venezuela
Durante casi un mes dos antropólogos forenses cubanos —los únicos que tiene el país— trabajaron codo a codo con especialistas venezolanos para devolverle un nombre a las víctimas del doble terremoto que sacudió a Venezuela.
Joel Monzón González, jefe del equipo de Antropología Forense del Servicio provincial de Medicina Legal de Matanzas, fue uno de ellos; su misión: identificar cadáveres con el mayor nivel de certeza científica posible y entregarlos, dignificados, a sus familias.
Monzón y su colega, el doctor Dodani Machado Mendoza —del Instituto de Medicina Legal de La Habana—, fueron llamados por la directora de esa institución para integrar la Brigada Henry Reeve junto a médicos asistenciales, neurocirujanos, cirujanos generales y especialistas en Ortopedia.
La misión estaba clara desde Cuba: contribuir a la identificación y dignificación de las víctimas mortales del sismo.
Ya en Venezuela, el equipo se instaló en Los Silos de La Guaira, escogido como morgue improvisada para concentrar el elevado número de cadáveres que llegaban cada día. «Podíamos ver que era una cuantía muy alta de cadáveres», recuerda Monzón, aunque evita dar una cifra exacta.
La integración fue inmediata: «No había diferencias, ellos son los cubanos, ellos son los venezolanos, y se integró muy bien el equipo de trabajo», asegura.
Ese respeto mutuo llevó a que las autoridades les asignaran una tarea de especial responsabilidad: la inspección técnica, el primer filtro por el que pasa cada cadáver.
Cómo se identifica a una víctima
El proceso, explica Monzón, tiene dos etapas; en la primera, la inspección técnica, los médicos completan la documentación y los antropólogos determinan el perfil biológico: sexo, edad, ancestría y estatura.
Si el cadáver no puede identificarse ahí, pasa a un segundo filtro, a cargo de Antropología y Odontología Forense, donde los restos se conservan en contenedores refrigerados —»cavas», en la jerga local— a la espera de un familiar, mientras se toman muestras para estudios genéticos.
Cuando llega un pariente se hace una entrevista y un cotejo de características individualizantes —una cicatriz, una mancha, una separación entre los dientes— con la información aportada por la familia.
Solo entonces se declara la identidad positiva y el destino final del cuerpo: cremación o inhumación, según decida la familia.
Ese cruce de datos, dice Monzón, decidió más de un caso. Recuerda a una antropóloga venezolana que reconoció a un niño de doce años como su vecino, por una separación entre los dientes y un lunar en la espalda.
«Yo perdí todo, yo estoy aquí, contribuyendo, dando mi granito de arena», le dijo ella entre lágrimas después de confirmar la identificación.
De las 26 jornadas de trabajo —solo con dos domingos de descanso—, hay una historia que el antropólogo yumurino no ha logrado dejar atrás.
Una joven llegó al tercer día con el cadáver de su madre, días después volvió con el de su hija de cuatro años, luego, con el de otra hija, de seis. Cada vez que reaparecía, el equipo cubano ya la reconocía: «Doctor, ahí viene el familiar», se decían entre ellos.
El deterioro físico de la mujer —pasó de «blanca de piel, llenita» a «delgada, quemada por el sol»— según el doctor matancero que pasaba sus días completos en las labores de búsqueda.
Más de diez días después volvió con el cuerpo de su hijo de 15 años. Ahí el equipo le preguntó, por primera vez, cuántos familiares había perdido en total, le faltaba una niña de ocho años, y quería que fueran justamente los cubanos quienes la identificaran, porque ya sabía que estaban por regresar a la Isla.
La misión terminó y el equipo cubano tuvo que partir sin cerrar ese último caso, la mujer, que había enviudado años atrás y perdió en el sismo a toda su familia —madre y cuatro hijos, sin más parientes cercanos—, llegó a decirles que no sabía qué sería de su vida una vez identificara a la última hija.
Para Monzón sobreponerse a esa carga emocional no es opcional: es parte de la ética del oficio. «Si nosotros hacemos empatía con los familiares, no cumplimos con la labor humanitaria para la que estamos preparados», explica.
Ceder a la implicación emocional, insiste, pondría en riesgo la certeza científica de una identificación y terminaría revictimizando a una familia que recibe un cuerpo equivocado.
Esa disciplina, sostiene, no está reñida con la empatía: es lo que permitió sostener jornadas de diez horas diarias durante casi un mes y, al mismo tiempo, entregar a las familias una respuesta con respaldo científico en el momento más doloroso de sus vidas.
El trabajo en Venezuela no terminó con el regreso del equipo cubano a la Isla. Monzón y Machado mantienen comunicación diaria por WhatsApp con sus colegas venezolanos y ofrecen supervisión a distancia, incluso por videollamada, cuando se necesita.
Esa colaboración tendrá además una proyección formal en octubre, durante el congreso de la Asociación Latinoamericana de Antropología Forense (ALAF) en Quito, Ecuador.
Allí, los dos antropólogos cubanos —miembros de la asociación— impartirán, junto a una profesora venezolana, un taller que ya venían proponiendo desde el año pasado: El rol del antropólogo forense en casos de desastre, centrado hasta ahora en accidentes aéreos, naufragios y explosiones, y que a partir de esta experiencia sumará el eje de los terremotos.
«Dejó pautas para futuros trabajos», resume Monzón sobre el saldo de la misión. Más allá del reconocimiento recibido, el vínculo construido entre los antropólogos forenses de Cuba y Venezuela, dice, seguirá dando frutos en la formación de nuevos especialistas y en la respuesta ante futuros desastres en la región.
«Ustedes están haciendo una obra titánica», les decían las autoridades venezolanas al ver el ritmo de trabajo del equipo cubano.
Al despedirlos, la máxima autoridad del Servicio Nacional de Medicina y Ciencia Forense de Venezuela fue más allá: aseguró que los antropólogos venezolanos iban a extrañar a sus colegas cubanos.
