18 de octubre de 2026

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La hermosa parsimonia de Corral Nuevo (+fotos)

Muy poco queda de aquella bonanza de antaño en un lugar donde se llegaron a contabilizar hasta 25 ingenios azucareros de los que hoy apenas queda la memoria.

En Corral Nuevo, como en tantos otros pueblos pequeños, la vida transcurre a otro ritmo; más sosegado, distendido, sin esa prisa que signa el día a día en las grandes urbes.

La fachada verde de una iglesia bautista y la armazón metálica de un colosal puente que también se aprecia desde la distancia, suplen la ausencia de un cartel identificativo que advierta al visitante sobre el arribo de este pueblo ubicado en el Valle del Yumurí, a nueve kilómetros de la ciudad de Matanzas.

Una vez recorridas las primeras calles, se yergue en toda su inmensidad el principal edificio de la comarca desde hace dos siglos: la Iglesia Católica.

Fue un 13 de agosto del año 1812, según refieren textos históricos consultados, que el obispo Juan José Díaz de Espada y Fernández decidiera la construcción de la capilla.

Durante su más de 200 años de existencia, sufriría varios percances debido a los embates de eventos meteorológicos. Un ciclón ocurrido en 1846 le destruiría el techo, siendo objeto de una reparación posterior.

En las primeras décadas del siglo XX, sobre todo tras el paso de otro huracán, esta vez, en el año 33, sería blanco nuevamente de la furia de la naturaleza.

Reabriría sus puertas a los fieles tras una reparación que culminaría en el año 1943, adaptando la estructura y diseño que mantiene hasta nuestros días.

La institución religiosa continúa signando la vida de los habitantes desde su favorable ubicación, erigiéndose en el mismo centro de la comunidad.

Con el nombre de Santa María del Rosario de Puerto Escondido de Corral Nuevo, ha ganado cierta notoriedad, sobre todo por el excelente estado de los archivos, donde se plasmaban datos de bautizo, confirmación, matrimonio y defunción.

Una treintena de volúmenes recogen el devenir histórico de este poblado desde el año 1813. El joven Daniel Galindo funge como sacristán y es el encargado de velar por el cuidado de estos libros.

«Nuestra parroquia posee un archivo desde el inicio de su fundación. Estos se identifican como libros de Blancos y libros de Pardos y Morenos».

Al consultar cada texto, Daniel siente que viaja en el tiempo, entablando un vínculo más estrecho con su terruño.

«Cuando trabajas con los textos sientes como que palpas la historia, pero no cualquier historia, si no la de tus antepasados, de tu gente, de las personas que anteriormente vivieron, que habitaron en esta parroquia, las personas que hicieron muchísimo para que este templo se conservara durante tantos años, haciendo posible que la fe se propagara en este pueblo.

«Cada vez que lees una certificación de bautizo vas asociando una familia con otra. ¿Quién es pariente con quién? ¿Quién es hijo de quién? Y cuando puedes hojear los libros de entierros, entiendes que tus antecesores también están enterrados en el cementerio que existía aquí».

El cementerio de Corral Nuevo destaca como uno de los lugares de visita obligada por tratarse, según cuentan, de una de las edificaciones más significativas del asentamiento poblacional, aunque de él sólo quede la fachada principal.

A unos 200 metros del parque donde se erige la iglesia se halla el antiguo camposanto que llegó a recibir en sus predios hasta 5 mil 447 fallecidos.

Fundado en 1823, estuvo en activo hasta finales de la Guerra del 95, cuando decidieron trasladar los restos de los fallecidos al cementerio de San Carlos de la Cabecera provincial.

A pesar de la información, algunos habitantes aseguran que no existió tal traslado y que los miles de restos sepultados aún permanecen en el lugar, bajo los árboles de frutales y cafetos que crecen como parte de una parcela.

Entre las obras ingenieras más singulares de Corral Nuevo, destaca el puente de hierro sobre un río que conecta con un pequeño barrio en el noroeste del poblado compuesto por una veintena de casas.

La estructura metálica de tipo triunfo se logra visualizar desde diferentes puntos y es transitada diariamente por decenas de habitantes. Bajo su armazón descansan las tranquilas aguas de un río que dota al paraje de una belleza encantadora.

A poca distancia se observa una vieja torre que forma parte de un centenario trapiche perteneciente a la familia Galindo. Durante años produjo raspadura y melado de caña.

En el patio de la casa familiar aún se conserva el mecanismo en perfecto estado técnico.

«Este trapiche pertenece a nuestra familia desde 1920, cuando lo adquiere mi bisabuelo. Se elaboraba melado y raspadura. Se molía la caña y mediante un proceso a altas temperatura se mezclaba la raspadura. Después se utilizaba esa mezcla, se echaba en los moldes, se batía fuertemente, esparciéndola encima de tableros».

Todavía permanecen en el lugar los moldes. El joven explica que las raspaduras se elaboraban también con maní o ajonjolí.

El horno dejó de funcionar en el 2002 y se ha hecho casi imposible su reactivación ante la casi desaparición de campos de caña en el Valle del Yumurí.

Tan antigua como la cabecera provincial, el nombre de este paraje ya aparece registrado como tal desde el 1693, aunque se toma como fecha fundacional el 25 de mayo de 1761.

Muy poco queda de aquella bonanza de antaño en un lugar donde se llegaron a contabilizar hasta 25 ingenios azucareros de los que hoy apenas queda la memoria.

No son pocos los que se han alejado de Corral Nuevo, mas no han logrado desprenderse de las frías mañanas húmedas de rocío, ni olvidar el sendero que conduce hacia el Pan de Matanzas.

Aunque distantes, sienten muy adentro ese cariño especial por la tierra que les vió nacer, y ese sin dudas es un lazo irrompible que no logrará fracturar ni la distancia, ni el tiempo.

Por ello, Corral Nuevo más temprano que tarde, refugirá en todo su esplendor siendo ese el deseo latente que a veces también se percibe como un dolor, porque nace de la añoranza por regresar a la hermosa parsimonia de este singular poblado.

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