Martí: la ética del deber
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A 173 años de que el alba habanera saludara el nacimiento de José Martí, su figura pervive cual esencia omnipresente en el devenir de nuestras repúblicas y su pulso, latiente, reverbera en las venas de la América toda a la que en vida se consagró.
Aquel 28 de enero de 1853, la calle Paula no solo recibió a un infante, sino al arquitecto de una ética continental que habría de transformar el concepto mismo de soberanía, un hombre que, habiendo atestiguado desde la temprana adolescencia el estigma del grillete y la ignominia de la cantera, transmutó el dolor personal en un mandato universal de redención humana.
El periplo martiano, marcado por un exilio que fue a la vez castigo y cátedra, forjó en él una cosmovisión que desbordaba los límites geográficos de su Cuba natal. Su tránsito por las repúblicas americanas no fue el de un simple viajero, sino el de un exégeta que supo diagnosticar las dolencias de una región que aún buscaba su rostro tras el colapso del imperio español.
En esa dialéctica entre el pensamiento y la acción, Martí comprendió que la libertad política era un cuerpo inerte si no se acompañaba de la emancipación espiritual; de ahí que su insurgencia no fuera solo contra el fusil metropolitano, sino contra la herencia colonial de la mente.
La creación del Partido Revolucionario Cubano y el periódico Patria representan, en los anales de la organización política, una obra de orfebrería sociológica sin precedentes. No se trató de una maquinaria bélica al uso, sino de una comunión de voluntades que Martí supo amalgamar bajo el principio de «con todos y para el bien de todos».
Al fundar este instrumento, el Apóstol no buscaba la mera sustitución de un gobierno por otro, sino la instauración de una «República Moral». Su labor periodística, elevada a la categoría de literatura de vanguardia, fue el hilo conductor que unió al tabaquero de Tampa con el veterano de la Guerra Grande, preparando el terreno para la gesta definitiva de 1895.
Y en el corazón de su legado brilla con luz propia «Nuestra América», un ensayo que hoy, a casi dos siglos de su génesis, mantiene una lozanía estremecedora. Martí nos advirtió sobre los peligros del «gigante de las siete leguas» y la necesidad de una identidad propia, cimentada en el conocimiento profundo de nuestras raíces y no en la imitación servil de modelos foráneos.
La caída en Dos Ríos, el 19 de mayo de 1895, lejos de clausurar su proyecto, lo dotó de una dimensión mística y profética. Su sacrificio personal validó cada verso y cada proclama, convirtiendo su ideario en la brújula que guiaría las luchas sociales de las décadas venideras. La trascendencia de su obra radica en que no escribió para su tiempo, sino para la posteridad, legando una estructura de pensamiento capaz de resistir el desgaste de las centurias y la volatilidad de las modas políticas.
Celebrar este 173 aniversario es, en última instancia, un ejercicio de introspección ética para las generaciones contemporáneas. Su vida es un recordatorio de que la palabra debe ser el reflejo exacto de la acción y que la política, en su acepción más elevada, es el arte de hacer posible la dignidad. Al volver la vista a aquel enero de 1853, no solo conmemoramos el pasado, sino que renovamos el compromiso con ese futuro luminoso que él, con su pluma y su espada, ayudó a diseñar para toda la humanidad.
