La conga también es resiliencia
Sitios digitales del sur de la Florida lanzan calificativos peyorativos a una multitud por disfrutar de una conga. Aseguran que promueve la violencia mediante los cánticos del coro.
Analizando el fenómeno a profundidad, revisando en la redes publicaciones similares sobre otras comparsas como parte de las festividades de inicio de la jornada veraniega, se entiende que más que el coro, lo que irrita es la existencia de la conga misma.
El sector más recalcitrante del sur de la Florida no tolera que a estas alturas existan energías para bailar a ritmo de la rumba. No entienden lo que representa para un cubano verdadero arrollar tras una comparsa, y el frenético movimiento que impulsa al cuerpo cuando suenan los tambores.
No es la primera vez que atacan esa alegría que es real y espontánea. Tras una conga baila la doctora y el albañil, el máster en filosofía, el borrachín del barrio y hasta aquel regio combatiente.
Los mismos que convirtieron en titular noticioso las imágenes de una plaza con escasa concurrencia tras un concierto de Manolito Simonet en Guanabo, se muestran iracundos ante las fotografías que exhiben a personas disfrutando de una conga.
Es como si les irritara ver rostros sonrientes porque el alborozo no está permitido, al menos no en las redes sociales. Allí solo habrá espacio para informaciones que reflejen semblantes desahuciados por tanta escasez, que es cierto que existen, porque uno se los encuentra en muchos puntos de la ciudad, reflejo de esa cruda realidad que tanto nos golpea.
Pero también emergen rostros decididos a darle batalla a las carencias, a dominar los sobresaltos del estómago vacío, y quién pone en duda que una que otra vez de una simple batalla ganada pueda surgir la sonrisa.
Por eso siempre se acudirá a la conga, para echar a un lado al menos por un breve instante, el agobio, y por esa misma razón desconcierta el agravio que produce en algunas mentes retorcidas que el pueblo baile en las calles.
Quizás por eso sitios digitales como Cubanos por el mundo arremeten con saña contra una de las expresiones populares más autóctonas de los barrios humildes de Cuba.
Es tanto el ataque y la desidia que ya no les basta con las incontables sanciones que aplauden y apoyan, nos quieren arrebatar hasta el breve deleite que produce la música.
Sin darse cuenta lanzan expresiones ofensivas que mancillan a ese pueblo modesto y llano que pretenden defender, con tal nivel de irrespeto y encono que pueden emplear los calificativos más abyectos contra un grupo de individuos por el simple hecho de bailar.
