2 de julio de 2026

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«Piropos» que no piropean

Mientras sigamos llamándole piropo a lo que claramente es acoso seguiremos perpetuando el problema

Ilustraci{on tomada de Cubahora.

Camina una mujer cubana por la calle y sin pedirlo se convierte en protagonista de un espectáculo no deseado. No importa la hora, el barrio, la ropa ni la edad, desde el amanecer hasta que cae la noche el espacio público se transforma en un campo minado de miradas, silbidos y palabras que supuestamente halagan.

“¡Mami, qué rica tú estás!”, “¡Lo que yo haría con to’ eso!”, “¿ A ti quién te dio permiso para salir vestida así?”. Comentarios que provienen de hombres de todas las edades, pero especialmente de aquellos que por la diferencia generacional podrían ser tus padres o abuelos. Ellos creen que son galantes, que ejercen una especie de derecho masculino ancestral.

En Cuba hemos crecido escuchando que el piropo es parte de nuestra cultura, algo simpático, tropical e inocente. Pero para las mujeres que lo recibimos a diario no es más que una invasión constante, un recordatorio de que nuestro cuerpo está disponible para el comentario ajeno en cualquier momento.

Imagina empezar el día, vas camino al trabajo o a la universidad pensando en los mil problemas que tienes que resolver y de repente un señor de 50, 60 o más años te suelta una descripción detallada de tus curvas.

No pediste su opinión, no cruzaste miradas coquetas, simplemente existes. Y tu existencia, en la calle, parece ser suficiente provocación.

Si apuras el paso, si pones cara seria o si te haces la que no escucha, viene la segunda oleada de acusaciones: “¡Qué amargada!”, “¡Ni que fueras modelo!”, “¡Como se cree cosas!”.

El rechazo se interpreta como ofensa, porque en esta lógica la mujer no tiene derecho a no querer ser “piropeada”. Lo más grave es cómo está normalizado por la sociedad entera.

Vivimos modificando nuestro comportamiento, ajustamos la postura, apretamos el bolso a nuestro costado, bajamos la vista o simplemente aceleramos el paso.

En las conversaciones familiares muchas veces se justifica, con frases como “Es que los hombres son así”, “Antes era peor”, “Se están metiendo contigo, no te pongas brava”.

Las madres les dicen a las hijas que tengan cuidado y que no les sigan la corriente, mientras los padres, los hermanos, los amigos te dicen que es un viejo «baboso» y que hay que ignorarlo.

Y así, de generación en generación, se transmite la idea de que las mujeres debemos aprender a convivir con esto, como si no fuera una forma de violencia de género que, aunque parezca menor comparada con agresiones físicas, es igual de grave.

Los hombres que lo practican, en su mayoría, no se ven como acosadores. No entienden (o no quieren entender) que su “piropo” genera incomodidad, vergüenza o incluso miedo.

Un hombre de 70 años diciéndole obscenidades a una muchacha de 20 no es un galán, es un señor que perdió completamente la noción del ridículo y del respeto.

Nos cambiamos de ropa pensando en si provocaremos menos, elegimos rutas más largas pero más seguras, fingimos llamadas telefónicas para no caminar solas. Todo un conjunto de microestrategias de supervivencia que limitan nuestra libertad en el espacio público, porque la calle que debería ser de todos sigue siendo un territorio donde la comodidad masculina prima sobre el derecho femenino a transitar sin ser molestadas.

Esta normalización es machismo puro y duro disfrazado de simpatía o de costumbre.

Mientras sigamos llamándole piropo a lo que claramente es acoso seguiremos perpetuando el problema. No se trata de prohibir el coqueteo entre adultos que se desean mutuamente, se trata de entender que el deseo de uno no da derecho a imponérselo a otra persona que solo quiere caminar en paz.

  • Yohanka Rodríguez Rodríguez, estudiante de Periodismo

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