13 de enero de 2026

Radio 26 – Matanzas, Cuba

Emisora provincial de Matanzas, Cuba, La Radio de tu Corazón

No me llamo «Mamita»

Está cansada de ver cómo la cultura del mal llamado “piropo” se instala en cada rincón de la sociedad, cual plaga invisible, que contamina el aire que respiramos, dejando en cada esquina un hedor a machismo rancio que se reproduce como un copia y pega en tantos que propasan los límites de la cordura.

Ella solo iba caminando a casa, como cualquier otra tarde, como cualquier otra mujer. Prácticamente no había movimiento en las calles, el sonido de sus pasos era el único acompañamiento que tenía. De la nada, una voz áspera y arrogante interrumpe el silencio: “Qué rica estás, mami”.

Pasa de largo como si no lo hubiera escuchado, pero una sensación repugnante recorre todo su cuerpo y una mirada lasciva la convierte en objeto expuesto para el deleite de un desconocido. Esta no es la primera vez, ya se ha convertido en una vulgar melodía que se repite en todo horario al andar por la calle.

Escoger su atuendo diario se convirtió en un conflicto interno y sus opciones para complacer todos los estándares sociales, evitar comentarios inapropiados y opiniones no pedidas, acortan sus posibilidades.

De un lado de su closet, frente al espejo su mente revolotea de un lugar a otro, quiere verse bien pero sin mostrar demasiado, quiere estar arreglada pero sin llamar la atención, quiere verse profesional, pero tiene que ser femenina.

Sin darse cuenta ya ha sacado casi toda la ropa y sigue sin saber qué hacer, solo por un instante de claridad recuerda que es tarde y suspira, cesa su lucha y se resigna, no puede complacer a todos.

Ella ya no se viste como le gusta, evita ponerse faldas cortas, vestidos muy ajustados o blusas con algún escote. Se equivoca en pensar que al cubrir su cuerpo con prendas que no moldeen su figura o simplemente más largas evitará las miradas de esos que se creen con el derecho de codificarla.

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Los malintencionados y sexistas son una violencia verbal que degrada su cuerpo a un mero instrumento para satisfacer el ego de un hombre.

En su mente, como pensamiento en bucle cree que caminar sola por su ciudad, no es agradable, y que su entorno se ha transformado en un escenario para que el acoso se multiplique. Ya no quiere escuchar ese tipo de “halagos”.

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Está cansada de ver cómo la cultura del mal llamado “piropo” se instala en cada rincón de la sociedad, cual plaga invisible, que contamina el aire que respiramos, dejando en cada esquina un hedor a machismo rancio que se reproduce como un copia y pega en tantos que propasan los límites de la cordura.

De vuelta a casa, como siempre risueña y distraída es divisada a unos pocos metros cual gacela ante su presa por un grupo de cuatro «machos», pechos peludos, que parecen competir por cual suelta la mejor frase: el primero tan vulgar como impublicable, otro hace el intento y le dispara a quema ropa “ay mamacita...” y su descortesía quema la dignidad femenina, pero el de al lado no deja ni que termine y deslumbra con su encanto “mamita si cocinas como caminas yo me como hasta la raspa”, ya el que faltaba estaba inquieto y nervioso, no podía superar semejante nivel y le suelta “mami si te soy sincero, quisiera ser visco para verte doble”.

Ella, como cualquier otra mujer está pensando en reclamar su espacio, en atreverse a decir “basta”, en defender su derecho de ser respetada.

Ante semejante lírica grosera se niega a que la miren de esa manera al caminar, no quiere temer que la culpen por vestir sensual, no necesita esos comentarios inapropiados al verla pasar y no quiere que resuman su esencia a un simple físico, con una frase vulgar y para que lo sepan todos, no me llamo «Mamita» y mi falda no está corta pero su educación sí.

Cada piropo es un insulto que se disfraza de galantería, una simple expresión que desnuda el cuerpo sin su consentimiento.

La cadena perfecta para mantener su pensamiento bajo la censura de un comportamiento machista y retrógrado. Ese supuesto elogio no es una muestra de afecto y mucho menos un halago inocente, es un ataque cobarde a la intimidad que convierte a la mujer en un consumo masivo.

Pero el emisor es consiste ante tal desfachatez es imprudente y no tiene el derecho a saborearla con la mirada, no debería cualificar su cuerpo y mucho menos llevar sus pensamientos a palabras.

Ignora que ese cuerpo es solo de ella, un espacio donde su voz no debería ser escuchada. Sin embargo ella al fin entendió que no tiene que blindarse en ropa “adecuada” en busca de respeto y refugio ante la arrogancia masculina, que nunca debe disculparse por ser mujer, que a diario se instruye y crece pues su forma de vestir o andar no determina la cantidad de respeto que merece.

Opinión: Menos ropa no significa menos respeto

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Foto: No es halago si incómoda, tomada de internet

  • Arabel Sotés González/Estudiante de Periodismo

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