Una crónica en cinco cuadras
Del edificio donde vivo, en el reparto Armando Mestre, de la ciudad de Matanzas, al de Oquendo, un técnico de audio de Radio 26, hay cinco cuadras de distancia, espacio que recorrí para llevarle unos trabajos que deben ser radiados.
Tuve que recurrir a sus servicios porque, precisamente, el apagón y la falta de conexión no me permitieron el uso de Internet, unido a la falta de movilidad y otras funciones que debía cumplir.
Tomé por unos laberintos que no acostumbro, transité por caminos que acortan el trayecto y pude observar un paisaje no conocido, aunque sí familiar.
Al salir de un callejoncito vi a mi derecha un improvisado terreno de pelota, donde niños pequeños jugaban con gran entusiasmo y entrega. Pensé: ¿a quiénes se querrán parecer cuando sean grandes?
Un pregón de «tamales» interrumpió mi observación beisbolera y me centré en el vendedor que iba, en su bicicleta, gritando a toda voz. Pensé cuánto podrá costar un tamal, porque momentos antes cierta señora le mostraba a otra una mazorca de maíz que le había costado 25 pesos.
Seguí mi curso y de repente me enfrenté a una improvisada tabla de ejercicios, donde las participantes eran mujeres de la tercera edad. Había varias vecinas que reconocí de inmediato, lo que me reconfortó mucho.
Con paciencia, dedicación y respeto el profesor las atendía y les brindaba el entrenamiento. En el jardín de un edificio cercano, observé aquella próspera siembra de boniato, que me recordó algo: «sembrar no requiere de mucho, pero sí de dedicación e interés».
Entre tanto un niño patinó en el limo que había en la calle, procedente de aguas albañales. Se rompió el pantalón, se embarró de ese lodo, se hizo un rasguño y lloró, creo que más por el susto y la reprimenda que iba a recibir en su casa.
De inmediato, sin percatarme, un enorme basurero donde los desechos sólidos se entrelazaban con aguas albañales, creando un hábitat excelente para vectores de todo tipo.
Prácticamente se me borraron las alentadoras imágenes que había visto antes. Tal y como si estuviera predestinado a observar paisajes feos y desestimulantes a continuación otro basurero, donde habían cajas de cartón que hubieran podido recogerse como materia prima para reciclarlas.
En ese basurero había un colchón viejo. Me alejé de él, porque podía tener chinches, sí, chinches, insectos que, actualmente, se hacen presentes en varios sitios. No quería que ninguno me tomara como medio de transporte y se mudara a mi casa.
Oquendo no se encontraba y decidí esperarlo frente al edificio. No tardó en llegar; estaba cubriendo la transmisión de béisbol de la Liga Élite y sus primeras palabras fueron: «Matanzas ganó hoy, rompió la racha de 10 juegos seguidos sin ganar uno».
Salí sin saber si utilizar la misma ruta de regreso a casa o tomar otra, pero al final opté por la misma. Me encontré con el amigo Bárbaro Velazco, destacado promotor cultural. Sus primeras palabras fueron para reprocharme por no haber participado en sus actividades en el barrio y prometí a ir a la próxima.
Al dejar a Bárbaro, me vino a la mente el texto de una canción: «no todo está perdido», porque en tiempos donde la mayoría está en la busca del sustento diario, Bárbaro, de forma desinteresada, viene a entregar su corazón para hacer más llevadera la vida de los lugareños.
Así llegué a la casa y comenzó la rutina de cada atardecer. Esta rutina da para una crónica más extensa.
Foto: Tomada de Internet
