Cuando nadie abre la puerta
Cualquier cubano ha visto alguna vez a un muchacho deambular sin rumbo, con la mirada perdida y el cuerpo vencido. Cuesta reconocer en esa figura al hijo del vecino, al estudiante que prometía, al joven que hasta hace unos meses tenía planes o incluso a nuestros propios familiares. Lo que lo dejó así tiene su origen en un laboratorio clandestino y en la calle le dicen “el químico”. Es una mezcla impredecible de cannabis con sustancias sintéticas. Cuesta menos que un refresco y se consigue más fácil que un pan. Promete un escape rápido y entrega un desgaste que perdura.

El daño no empieza en los órganos, aunque también los destruye. Empieza en la identidad. La persona deja de reconocerse, se abandona el trabajo, la escuela, el deporte, la conversación. Su mundo se reduce a conseguir la siguiente dosis y a soportar el vacío y el desprecio de quienes lo rodean , mientras está lo suficientemente sobrio para tener consciencia, claro. Ese aislamiento es progresivo y feroz. El consumidor se encierra en una cárcel donde él es al mismo tiempo reo y carcelero. La higiene y el cuidado personal desaparecen para dar paso a la paranoia, la irritabilidad y la violencia. Dormir, comer, bañarse dejan de ser importantes. El cuerpo se convierte en un cascarón que obedece cada vez menos.
Los que trabajan en salud mental lo describen como una muerte en vida. La persona sigue respirando, pero ya no está. Perdió la capacidad de proyectarse, de imaginar un futuro, de sostener un afecto. La vergüenza y la culpa terminan de rematar lo poco que queda. La familia es la primera en recibir el golpe. En los hogares cubanos, donde el vínculo familiar ha sido históricamente el principal soporte material y emocional, la irrupción de las drogas lo desmorona todo. El hijo que roba en su propia casa, la madre que no duerme esperando una llamada o una tragedia, el hermano pequeño que presencia escenas que no debería entender todavía. Muchos familiares se enferman. Madres hospitalizadas por estrés, padres al borde del infarto, abuelos que cargan con nietos porque los hijos ya no pueden hacerse cargo, se sufre a puerta cerrada. A veces, sin quererlo, la propia familia se convierte en facilitadora. Por amor o por miedo, se encubre, se justifica, se da dinero para evitar un robo mayor. Esa dinámica, que los especialistas llaman codependencia, solo prolonga la caída y desgasta a quien intenta ayudar.
La sociedad mira al adicto como un peligro, como un débil, como alguien que ya no tiene arreglo. Esa condena social lo hunde más todavía, si tal cosa tiene sentido. Sin posibilidad de reinserción, sin oportunidades, sin una mano extendida, el pozo se vuelve cada vez más hondo.Pero hay un dato que conviene repetir, sobre todo hoy: la adicción no es una sentencia de muerte. Salir es posible. Requiere un coraje que pocos imaginan, exige tocar fondo y pedir ayuda, pero se puede. Hay centros de rehabilitación en el país, hay terapeutas, grupos de apoyo, familias que han aprendido a acompañar sin destruirse, hay quienes estuvieron exactamente donde están los que hoy deambulan por las esquinas y lograron reconstruir su vida; volvieron a estudiar, a trabajar, a ser alguien sin sentir vergüenza.
Quizás esto le sirva a usted si está atravesando ese infierno, o le sirva para entender a un hijo, a un hermano, a un amigo. O quizás le sirva para dejar de juzgar y empezar a ayudar. La recuperación ocurre cuando alguien tiende una mano sin condiciones. Hoy es 26 de junio, Día Internacional de la lucha contra el uso indebido y el tráfico ilícito de drogas, día que no debería pasar sin consecuencias. No alcanza con publicar una efeméride, hace falta mirar de frente esta realidad, hablar de ella sin eufemismos y actuar.
Por Yohanka Rodríguez Rodríguez, estudiante de Periodismo
