Donde Fidel fue feliz (+fotos y video)
El poblado de Birán, en la antigua provincia de Oriente, fue el escenario del nacimiento y la infancia de Fidel Alejandro Castro Ruz, quien halló en aquel rincón de tierras fértiles los primeros días de intensa felicidad.
Fue un parto difícil el de la madrugada del 13 de agosto de 1926, en medio de un temporal y de las preocupaciones por la salud del neonato, pues su madre, la pinareña Lina Ruz, sufrió una caída del caballo durante el embarazo con el hacendado gallego Ángel Castro.

Pero no hubo motivo para el temor; el llanto del recién nacido, fuerte y sostenido, pareció colarse entre las tablas del piso y las paredes, inundar los salones, salir por las ventanas y expandirse por la vegetación circundante, como si anunciara su llegada.
Aquel varón perfecto de 12 libras de peso recibiría el nombre de Fidel Alejandro Castro Ruz, aunque en el entorno familiar también se aludía a Fidel Casiano, en honor al santoral católico.

Desde entonces, el número 26 marcaría hitos en su trayectoria: el año de su nacimiento; su incorporación a la lucha contra la tiranía de Fulgencio Batista a los 26 años y el asalto a los cuarteles Guillermón Moncada, en Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo, el 26 de julio de 1953.
«Ese es el caballo», exclamó Lina a la partera de la hacienda mientras sostenía al recién nacido, fuerte e inquieto, quien agitaba los puños cerrados como si desafiara al mundo, recordó la museóloga Leidys Martínez Hidalgo, del Sitio Histórico de Birán.

Una suerte de bautizo fueron esas palabras, que parecieron anticipar el carácter vivaz, intrépido y amante del aire libre, una forma temprana de libertad, que el pequeño manifestaría en su andar por el poblado.
Birán fue cuna, nido y espacio de juegos para el futuro líder, quien, en aquel entorno de tierras fértiles, valles verdes y lomas, cultivó un espíritu aventurero y vivió jornadas de intensa dicha.
Allí aprendió a nadar en arroyos y charcas, montó a caballo y cazó pájaros con tirapiedras, con la inocencia de la infancia que no ve en ello un acto condenable.

Era uno más entre los niños que corrían por los alrededores, y junto a ellos y sus hermanos asistió a la escuela rural mixta desde los cuatro años, donde ocupó la tercera silla en la primera hilera y, como oyente atento, aprendía mientras los mayores recibían sus lecciones de lectura, escritura y cálculo.
Desde la casa familiar, orientada hacia el camino real, compartía juegos e imaginaba historias sobre los transeúntes junto a su hermano Raúl; esa misma vía lo conduciría tiempo después al colegio La Salle, en Santiago de Cuba, parada inicial de un largo periplo que no culminaría hasta alcanzar la libertad del país.

Entonces, no hubo tantas escapadas al monte, ni baños en la charca cercana a los barracones de los haitianos.
A veces, en fechas como Semana Santa, Navidad o Año Nuevo, esos festejos que conminan al regreso a casa, el poblado volvía a recibir al Comandante como si nunca hubiese partido, y el júbilo derivaba en charlas familiares y peleas de boxeo en la valla de gallos, aunque la vuelta era cada vez más postergable.

Sin embargo, las huellas de aquel lugar persistieron y los recuerdos, como el aroma del naranjal de Lina, reaparecieron en entrevistas y textos a lo largo de la vida del líder histórico de la Revolución cubana, quien nunca olvidó el sitio donde fue dichoso, mientras en Birán permanece la memoria de uno de sus más brillantes hijos.




- ACN
