A cinco décadas del crimen de Barbados, Cuba no olvida ni se rinde
Corría el año 1976, la mañana del seis de octubre, en el aeropuerto de Barbados, la delegación cubana de esgrima ultimaba los detalles para abordar el vuelo de regreso a la Patria. Venían de brillar, de ganar, venían con el oro colgado al cuello y la frente en alto.
Jóvenes atletas, muchachas y muchachos que habían dejado el sudor en la pista, que habían sentido el peso del florete y la responsabilidad de representar a una Isla bloqueada, pero ahí estaban con sus medallas, con sus maletas cargadas de esperanza, con las fotos de la familia en el bolsillo.
Querían llegar, contarlo, abrazar a los suyos y abordaron el avión. Un vuelo de Cubana de Aviación, el número 455, la ruta: Barbados, Kingston, La Habana.
A las 12 y 24 minutos del mediodía, el avión despegó. La tripulación experimentada no dejó nada al azar. A bordo 73 almas, 57 cubanos, once guyaneses y cinco norcoreanos. Todos con un destino, todos con una historia.
A los pocos minutos de haber despegado, a unas 11 millas de la costa de Barbados, el infierno. Dos explosiones simultáneas. El avión se rompió en el aire. No hubo tiempo para nada. No hubo un «mayday», no hubo una última palabra, solo el horror.
Cayeron al mar, con sus medallas, con sus sueños, con sus fotos. Y en Cuba el teléfono empezó a sonar. La noticia corría como pólvora. No fue un accidente, fue un crimen, un acto de terrorismo.
Se supo después que la CIA, que el anticubano Orlando Bosch, que Luis Posada Carriles, habían puesto las bombas. Terroristas de Miami protegidos por el imperio. Asesinaron a los muchachos del equipo de esgrima. Asesinaron a jóvenes que solo querían volver a casa. Asesinaron la alegría de un pueblo.
Hoy los recordamos en cada academia de esgrima, en cada escuela, en cada retoño de framboyan. Aquellos atletas no murieron en vano, su sangre regó la conciencia de un pueblo que jamás olvida, jamás perdona y jamás se rinde.
