La última rumba de Matanzas (+audio)
Hoy he vuelto a mirarme al espejo, debajo del puente, donde el salitre y la transparencia de las aguas se funden. Ya no suelo buscar el reflejo de mi rostro con frecuencia, temo perderme para siempre entre los recuerdos de lo que fui y ya no seré.
Es muy temprano aún. Las personas todavía no salen de sus casas y el Sol apenas se asoma tras la inmensidad de la bahía. Una lágrima me sorprende, precisamente hoy, cuando debía festejar mi nacimiento, hace ya más de tres siglos, pero la nostalgia es un lobo hambriento que amenaza con dejarme sin fuerzas ni motivos y la tristeza carcome los pocos regocijos que conservo.
¿Dónde quedó aquella dama que irradiaba belleza, limpieza y elegancia? ¿En qué momento comenzaron a agrietarse los techos y fachadas de mis gallardos edificios y afloraron los nuevos ríos que atraviesan mis calles y aceras? ¿Cuándo los lugares que eran símbolos de mi geografía dejaron de importarles a mis hijos y quedaron a merced del tiempo y de sus miserables acciones?
¿Cómo fue que se desvaneció, casi hasta el último aliento, el orgullo de quienes me habitan y son ellos quienes me destruyen o me dejan fallecer sin mover siquiera un dedo para salvarme? ¿Por qué me volví tan solitaria y oscura, sucia y silenciosa, como, si más que dormida, el presagio de mi nombre se apoderara de mi espíritu?
Hace poco tiempo ocurrió otro derrumbe; otro trozo de mi cuerpo se redujo a escombros mientras los transeúntes miraban al pasar cómo se descomponen mis huesos sin poder hacer más que lamentarlo y resignarse.
Años atrás por estas fechas nacía en mí una nueva ciudad y algunos edificios lucían sus más bellas galas, aun cuando la salvación de otros era desde entonces improbable; hoy hasta los emblemáticos, los que representan la matanceridad, esperan el milagro de un mantenimiento que les expanda la vida o una restauración que les evite su inminente muerte. ¡Pobres de mis hijos de canto y piedra, tan propensos al olvido y el abandono que me habitan hace tiempo!
Es 12 de octubre. Muchos se empeñan en celebrar mi cultura o el recuerdo de lo que de ella perdura, otros estudian posibles estrategias para detener la desolación que me sobreviene. Intento reconfortarme con el amor de estos hijos que me alientan y motivan, convencerme de que solo es una circunstancia infeliz de presupuestos exiguos en un espacio de tiempo y que pronto el andar incierto de mis pies, cansados y maltrechos, recobrarán su prestancia, que mis calles, iluminadas otra vez, volverán a albergar, más que quejas e incertidumbres, esperanzas e ilusiones.
Imagino que Sauto abrirá sus puertas y recibirá al público cada noche, como antes; que todo el peso cultural no cae sobre una Sala White que clama por urgentes acciones reconstructivas; que las agrupaciones y creadores ofrecen su arte a los matanceros sin tener que preocuparse por los apagones o por el pago por su talento y entrega.
Sueño que mi gente puede salir a cualquier hora de un lado a otro y regresar a casa sin mayores contratiempos o que algo tan vital como el agua no sea inalcanzable; que los basureros no se convierten en parte invariable del paisaje urbano y que mis hijos, los que aquí nacieron o vivieron, no se marchen en desbandadas, dejándome huérfana y vulnerable. ¿Quién dice que están prohibidas las utopías?
En medio de contingencias económicas, de presupuestos casi nominales y el esfuerzo sostenido de hacer más con menos, intento no olvidar mi pasado de reina, lucho por perpetuar mi vocación cultural, el buen gusto de mis hijos, la admirable belleza de mis inmuebles, la esencia de mi patrimonio e historia.
Ya el Sol enciende el cenit en esta fundacional plaza donde bautizaron mi primera piedra. Escucho un sonido de tambores que se acerca. Vuelvo a mirarme el rostro cansado en el reflejo del agua; enjugo mis lágrimas, lavo las huellas de los años en mis ojos, lanzo un suspiro al viento y me entrego una vez más, como tiempo atrás, al festejo, al disfrute, a la vida.
Mañana quién sabe si todo vuelva a ser como antes; pero este 12 de octubre, cuando cumplo 333 años, bailaré una rumba como si fuera la última vez.
