Día de los niños: La edad de las preguntas
Como cada tercer domingo de julio, Cuba celebra el Día de los niños con los más pequeños de casa, esos que nunca olvidan una pregunta, una vez formulada, como El Principito.
Con muebles de poliespuma arma el hogar de Viviana, su pequeña muñeca de
ojos azules que cuentan historias. Tiene nueve años y jugar a las casitas sigue
siendo su pasatiempo favorito.
A él los apagones le han obligado a despedirse del viejo tablet para atrapar
trompos, bolas y jugar a los escondidos con otros de su edad. No necesita de lujos, solo de ese pedazo de mundo donde se siente libre para compartir con sus coterráneos y ser feliz.

Ella, tan pequeña como la “Nené traviesa” del Apóstol, anhela saber por qué
los unicornios no son mascotas y la luna se esconde cuando llega el sol. Dicen
que quiere ver más arcoíris tras la lluvia y componer los trozos del búcaro
deshecho por aquel pelotazo salido de control antes de que mamá los encuentre bajo la alfombra.
Hay una edad mágica, mucho antes del ocaso, apenas en el amanecer, en que
los columpios dejan de ser solo estructuras de metal y se convierten en naves espaciales, en que los seres ríen como si viniesen de otro planeta, uno donde
las rodillas raspadas son medallas y los charcos, océanos enteros por explorar.
La niñez, esa tierra de nadie donde todo es posible, se despliega como un pergamino aún en blanco. Los niños habitan un universo paralelo donde el tiempo se estira como chicle y un minuto puede durar una eternidad y una tarde, toda una vida. No conocen la prisa que corroe los días adultos, en su mayoría, ellos desconocen las penurias.

En su mayoría, porque algunos tristemente solo conviven con sufrimientos; no
juegan a ser astronautas, sino a cómo esquivar mejor los golpes; no saben de
muñecas o trompos, sino de sobrevivir al diarismo, al alcoholismo ajeno y la
drogadicción traducida en violencia.
Mientras unos construyen castillos en la arena, otros construyen murallas para
proteger lo poco que tienen. Mientras unos añoran el juguete más costoso, otros solo demandan el beso del amanecer y la caricia del “buenas noches”.
Ser niño no es solo parchís, motoGP, barbies y suizas, es también una batalla:
aprender a navegar un mundo diseñado por gigantes, descifrar códigos que no
se enseñan en ningún manual, sobrevivir a la incomprensión de los adultos que
a veces olvidan cómo se siente tener el corazón en la garganta ante un
examen o la vergüenza de ser el último en la fila.

Los niños nos enseñan que aún estamos a tiempo, que la infancia no es solo
una etapa, sino una manera de mirar: con los ojos bien abiertos, como si el
mundo se estrenara cada amanecer.
La niñez, quizá, no termina cuando crecemos, sino cuando dejamos de hacer
preguntas, de verle el lado positivo a cada historia, de confiar en que el
mañana y el mundo pueden ser aún mejor. (Fotos: Izet Morales)

- Ana Cristina Rodríguez/ periódico Girón
