Un homenaje a los padres
Como cada tercer domingo de junio, Cuba vibra con el Día de los Padres. Esta tradición, que echa raíces en 1938 por iniciativa de la escritora Dulce María Borrero, convierte la jornada en un respiro familiar donde el afecto y la gratitud fluyen sin reservas.
No es un feriado oficial, pero el país se detiene lo suficiente para que los hijos busquen el abrazo sincero y el reconocimiento a quien ha sido guía y sostén.
En la Isla, la celebración tiene el sabor de lo casero. Las familias se reúnen alrededor de una mesa con platos típicos como el lechón asado o los frijoles negros, y los regalos suelen ser modestos pero cargados de intención: una camisa planchada con esmero, un perfume sencillo o una tarjeta escrita a mano. Más que el obsequio, importa la tertulia, el repaso de anécdotas y ese espacio donde los padres, muchas veces reservados, se sienten el centro del cariño colectivo.
Este modelo del tercer domingo de junio, heredado de Estados Unidos, se replica con fuerza en gran parte de América Latina. En México, Colombia, Venezuela y Chile, la jornada se llena de desayunos sorpresa, corbatas y herramientas de jardinería, mientras en EE.UU. es tradición regalar lazos rojos o blancos según el padre viva o haya fallecido, y las barbacoas al aire libre se convierten en el escenario perfecto para el homenaje.
Cruzando el Atlántico, la fecha cambia y el matiz se vuelve más religioso. En España, Italia, Portugal y otros países de tradición católica, el Día del Padre se fija el 19 de marzo, coincidiendo con San José, el padre terrenal de Jesús.
Allí, la jornada tiene un componente de procesiones y misas, y los colegios se engalanan con manualidades infantiles; la figura paterna se entrelaza con lo divino, y la celebración se extiende en comidas largas donde el marisco o la pasta son protagonistas.
Más allá de Occidente, las tradiciones sorprenden por su originalidad. En Tailandia, el 5 de diciembre —natalicio del rey— los hijos ofrecen flores de jazmín y caña de azúcar, símbolos de pureza y fortaleza. En Brasil, el segundo domingo de agosto se vive con gran alboroto y obsequios tecnológicos, mientras que en Australia, como es primavera, los padres reciben tarjetas hechas a mano y se organizan picnics en parques.
En Alemania, el Día de la Ascensión se convierte en una excursión de hombres con carretas llenas de cerveza y comida, una fiesta más lúdica y camaderil.
A pesar de las fechas y rituales tan diversos, todas las culturas coinciden en lo esencial: honrar a ese pilar que sostiene, orienta y protege. En Cuba, será un día de puertas abiertas y memorias compartidas, un recordatorio de que, más allá de las fronteras, el padre sigue siendo aquella voz que marca el rumbo y el hombro donde siempre se puede descansar.
Una tradición que, en cada rincón del mundo, se reinventa con el mismo propósito: decir «gracias» a quien es, sencillamente, parte clave del hogar.
