1 de noviembre de 2026

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El reparto «metálico» de San Sebastián (+fotos)

Ana Lidia Gutiérrez no dudó en asegurar que vivir en su nueva morada es mucho mejor que en aquel cuartucho donde con una simple llovizna se mojaban todas sus pertenencias.

Aunque todavía se pone sobre aviso cuando el cielo luce encapotado, al instante recuerda que ya no debe desplazarse presurosa en busca de lonas y calderos para enfrentar las goteras.

Desde que le entregaron la llave de su hogar recién estrenado hace apenas cuatro días, siente que su existencia es más llevadera; el piso ya no es de tierra, ni tiene que estar agachada – a pesar de sus 64 años- frente aquella mesita transformada en fogón de carbón.

Hoy goza de mejores condiciones de vida, con una cocina azulejada, y tanque de agua que le permite descargar un baño en perfecto estado, entre tantas otras mejoras.

Ana Lidia integra una de las siete familias beneficiadas con un hogar construido a partir de un contenedor.

Si bien en las redes sociales estos módulos habitacionales han despertado innumerables criterios, muchos negativos, para esta humilde anciana representa una mejoría teniendo en cuenta el deplorable estado constructivo en que transcurrían sus días.

Reconoce que al principio, cuando le hablaron del lugar, se dijo: » ¡¿Vivir en ese pedazo de lata?!», hasta que una vez en el interior cambió un tanto su percepción.

Dentro de la vivienda nada hace pensar que se trata de un depósito metálico para el traslado de mercancías. Las paredes están revestidas con aislante térmico. Por lo que un viernes al mediodía, con el sol justo en el cénit, no siente un calor sofocante, más bien, la temperatura le resulta agradable.

Así lo advierte Yelay Naray, nieta de Ana Lidia y quien acaba de tomar en sus brazos al pequeño Siam, con apenas 17 días de nacido.

En una de las habitaciones – el hogar cuenta con dos cuartos- descansa una cuna con un mosquitero de tul.

La joven madre agradece el contar con un nuevo sitio donde la lluvia no se convierta en tormento. El espacio le resulta confortable, expresa, mientras sostiene a su bebé en brazos, sin enterarse de la conversación de los adultos desde su sueño apacible.

«Vivíamos en un cuartico sin las condiciones más elementales, no teníamos ni baño», expresa.

Varios contenedores más allá vive Aneity Sosa. Aprovecha el fuerte sol del mediodía para airear algunas prendas recién lavadas en un tendera ubicada a un costado de su «nuevo hogar».

No duda en llamarle así al contenedor donde vive con su hijo enfermo. El niño sufre el Síndrome de West, padecimiento que le provoca fuertes convulsiones, presentando además retraso psicomotor y alteraciones del electroencefalograma.

El pequeño permanece en un sillón de ruedas mientras la madre trata de adelantar en las labores hogareñas.

Aneyti se caracteriza por una alegría sostenida, pese a las dificultades que suponen lidiar con un hijo enfermo.

«Para no tener nada, ¡esto está súper bueno! La casa donde vivía anteriormente tenía hasta un pozo ciego en el medio de la sala», asegura con un semblante donde aflora la sonrisa con facilidad.

Expresa que ante las características de la enfermedad de su hijo espera que la ayuden con un refrigerador.

«Aunque sea uno pequeño, de esos mini bares que abundan por ahí».

Su niño también es celiaco, lo que complejiza mucho más el cuidado que demanda.

Vivir en un contenedor 

Hace algunos años la calle San Sebastián era un lugar casi intransitable. Pocas personas desandaban el lugar. Quizás, escasos matanceros, a no ser los propios habitantes de Pueblo Nuevo, conocían de la existencia de ese espacio de la ciudad.

Como parte de las transformaciones en las riberas del Río San Juan, se comenzó a dignificar esa parte de la urbe.

Las obras incluían la reconstrucción de un vial que enlazaría la calzada de Tirry con San Luis. En aquel terreno yerno proliferaba un desmesurado vertedero.

Hoy luce diferente. No solo alivia el tránsito, también integra un programa de desarrollo urbanístico con la edificación de varios inmuebles y el remozamiento de las antiguas vivienda. Justo allí se yergue el emplazamiento de las casas-contenedores.

Para Hidovaldo Díaz Martínez, coordinador de Programas y Objetivos del Gobierno provincial, fue una labor titánica lograr compactar el suelo al tratarse de un área pantanosa. Representó uno de los mayores escollos en el proceso de urbanización de la zona.

Se hizo necesario excavar y extraer la turba hasta hallar el firme, para luego rellenar con rocoso.

El funcionario, quien ha seguido y liderado todo el proceso constructivo, reconoce que si bien existen aspectos a perfeccionar como la carpinteria metálica, representa un apoyo considerable para las familias vulnerables.

La provincia cuenta con 100 estructuras de este tipo que sirvieron de embalaje de las partes y piezas de los cinco parques fotovoltaicos construidos en el territorio.

«Poseen veinticinco metros cuadrados, con dos cuartos, una cocina azulejada, un baño con las condiciones idóneas, junto al aislante térmico.

«Se les construyó una cubierta para aislar el techo del contenedor de los rayos del sol. Cuenta con ventilación cruzada a partir de la cantidad de ventanas que tiene. Cada cuarto posee dos para que la brisa entre por el norte y sur, facilitando la circulación del aire.

“También cuenta con una cerca perimetral y un parque con lámparas fotovoltáicas. Cada contenedor posee un tanque elevado y varios bancos”.

«¡A mí sí me gusta vivir aquí!»

Así se expresa la adolescente Mónica, quien acaba de llegar de su escuela luciendo su uniforme azul. Casi siempre de regreso a casa visita a su nueva vecina Aneyti para saludarla.

Entre ambas muchachas ha surgido una bonita amistad. Disfrutan conversar sentadas en uno de los tantos bancos que adornan la estancia.

Menciona con entusiasmo casi infantil las luminarias con paneles solares que se erigen en el centro del lugar.

«A veces son las seis de la mañana y las lámparas todavía alumbran», comenta Mónica.

«Aquí disfruto la tranquilidad, los vecinos nuevos, y sobre todo sentarnos en las noches a conversar en el parquecito alumbrado cuando se va la corriente», agrega la joven estudiante de informática.

Vive con su abuela Marlene, una destaca trabajadora de Servicios Comunales. En el interior de su vivienda las paredes recubiertas de material aislante están pintadas de un llamativo tono rosa.

La joven no oculta su alegría y expresa con dicha manifiesta que se siente muy a gusto en la nueva urbanización.

«Por primera vez conozco la privacidad, estamos muy cómodos mi novio, mi abuela y yo. Siento que este es mi hogar y siempre estaré muy agradecida”.

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