Un proyecto para alimentar el alma y el estómago (+fotos)
¡El hambre es fea y marchita el cuerpo!, asegura Juan Avelino Romero, quien con sus 80 años y un andar zigzagueante recorre los senderos escabrosos de una comunidad venida a menos desde que aquel emblemático establecimiento gastronómico conocido como El Campestre perdiera el esplendor de antaño.
Nadie sabe cómo o cuándo empezó el deterioro. Lo cierto es que hoy el centro solo alimenta la nostalgia. Allí laboró por más de 40 años Juan Avelino.
Llegó de muchacho y fue el único centro de trabajo que conoció. Le duele el abandono del recinto, que sin dudas, le daba empleo a muchos habitantes de la zona.
El veterano, de cuerpo enjuto y rostro colmado de arrugas, se sostiene de una delgada rama de árbol que le sirve de bastón. Con la energía que le va quedando a veces se apresta a chapear los matorrales que crecen frente a los hogares a cambio de algún favor, agradeciéndolo más cuando viene acompañado de un «tentempié» que le engañe el estómago.
El miércoles fue un día diferente en el tranquilo y aletargado Campestre, un poblado que crece a las afueras de la ciudad a ambos lado de la Vía Blanca que enlaza Matanzas con La Habana.
Juan Avelino se calzó sus ajados zapaticos rojos de mil batallas, su camisa a rayas, un bolsito con un cierre roto pero aún útil para asegurar el «forrajeo», porque siempre alguien puede ayudar. Tomó su rústico bastón, sus espejuelos y partió alegre, como pocas veces se le ha visto, hacia la casa de «La Mambisa».
LA MAMBISA
Rebeca Garlobo es quizás de las personas más conocidas en el barrio. Durante años asumió varias responsabilidades en la Federación de Mujeres Cubanas. Luego resultó electa delegada de Circunscripción, hasta asumir como presidenta del Consejo Popular de la zona, perteneciente al Valle de Yumurí. Se le vio más de una vez recorriendo esos parajes a pie al tanto de las problemáticas de sus electores.
A pesar de tratarse de casi 160 kilómetros cuadrados que comprende las alturas de la Vía Blanca, y los poblados del interior del valle como Figueras, Mena o Corral Nuevo, la hacendosa mujer los recorría a pie, asegura, porque solo así podía alcanzar ese vínculo de persona a persona. Por eso la bautizaron como «La Mambisa».
Cuando llegaba a algún poblado siempre surgía la misma conversación:
-¿Cuánta distancia caminaste hoy, Rebeca?– le preguntaban
–Unos 25 kilómetros más o menos– respondía ella.
-¡Eres una verdadera mambisa!– le comentaban con asombro.
Y así fue surgiendo el mote por el que todos la conocen a cientos de kilómetros a la redonda. Por eso no fue difícil el encuentro para aquella funcionaria de la Federación de Mujeres Cubanas.
Precisaba localizarla para un proyecto de gran impacto en la comunidad y nada más preguntar en las primeras casitas a orillas de la carretera le indicaron cómo encontrarla.
Ese fue el germen del primer Hogar de Alimentación Comunitaria inaugurado en Matanzas. Y qué mejor lugar que los predios de «La Mambisa», donde crece un campo de yuca y un platanal.
A un costado de su vivienda también se aprecian canteros con hortalizas y condimentos, junto a un hermoso jardín de cuántas flores perfuman y alegran con sus colores las casas de campo.
Desde que se le propuso la idea hasta su concreción no pasó mucho tiempo. La trabajadora social Yunisel Milanés, de la circunscripción 58, también se entusiasmó con la idea de crear un centro de esas características para brindar alimentos a los más necesitados del barrio.
«Yo espero que con este comedor los adultos mayores se sientan atendidos, acompañados, porque no es solo la alimentación, es el trato, el cuidado, que salgan de sus casas y se reúnan con los vecinos, conversen, rían, hagan sus chistes, es también una forma de brindarles una mejor calidad de vida», expresó la joven Yunisel, quien mantiene un trabajo muy serio y sostenido con las poblaciones más vulnerables de la demarcación.
HOGAR DE ALIMENTACIÓN COMUNITARIA
Al conocer la noticia varios vecinos se entusiasmaron y brindaron su ayuda desinteresada. Entre ellos Orlando Trimiño, una ex-oficial de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, devenido en agricultor una vez licenciado del ejército.
Para él se trata de «un gran proyecto, muy sensible y humano, para resolver los problemas de las personas de la tercera edad, sobre todos los más vulnerables, que no tienen cómo resolver los problemas de la alimentación.»
Orlando le dio los toques constructivos a la terraza de Rebeca para acondicionarlo, también acopió viandas y hortalizas para enriquecer el menú.
Un buen día Rebeca quedó sorprendida ante el arribo de un módulo de varios equipos electrónicos compuesto por refrigerador, una olla reina, una olla multiuso, calderos, platos, pozuelos, entre tantos otros insumos. Ella aún no salía de su asombro inicial, mostrándose visiblemente emocionada, sobre todo por los diez comensales que asistirán a su casa.
Porque se trata de sus vecinos, a los que ayudó más de una vez, pero en esta ocasión siente que cuenta con el apoyo institucional y hasta de nuevos actores económicos de la zona que al conocer de la inciativa también se sumaron deseosos de contribuir con cualquier ayuda.
«Esa frase de que nadie quedará desamparado, es verdad, este es el vivo ejemplo», expresa «La Mambisa», quien el miércoles 29 de julio no se detuvo un segundo, pues sería la jornada inaugural del comedor comunitario.
El menú estaría conformado por arroz, chícharo, huevo hervido, fufú de plátano, ensalada y una suculuenta caldosa, de esas «que levantan a un muerto», según el gracejo popular.
Desde temprano, varios vecinos se brindaron a apoyar en las labores de cocción de los alimentos y preparación y adorno de las mesas.
El veterano Juan Avelino terminó un poco más temprano que de costumbre la chapea de aquel hierbazal que sobresalía desde una colina sobre la Vía Blanca.
Llegó sobre las 11:00 de la mañana al sitio de encuentro y tomó asiento en un banco bajo la tupida vegetación de la casa. A la velada llegaron además Roberto, Esmerida, Eutimio, Orestes, algunos de los beneficiados de este loable empeño.
Todos agradecían el hermoso gesto porque desde ese día contarían con un lugar donde hallarán almuerzo y comida a un precio módico.
Lo que representará para ellos una gran ayuda porque viven en soledad, pero ya no en el olvido. Pues desde el miércoles cuentan con el hogar de La Mambisa como refugio, donde alimentarán el estómago y se nutrirán además de ese cariño que también sostiene al alma.
