Santo Domingo y la victoria que no aparece en el medallero
No se mide solo en medallas lo que Cuba dejó en Santo Domingo 2026, no cabe en una tabla fría ese temblor que vino desde la isla con cada atleta, porque detrás de cada salida al campo, de cada salto, de cada golpe, viajaban jornadas de largos apagones, platos humildes sobre la mesa y una voluntad que no se aprende en manuales ni se entrena en gimnasios perfectos.
Cuba terminó tercera, con 51 oros, 48 platas y 46 bronces, escoltando a Colombia y México mientras Venezuela respiraba cerca, pero la historia verdadera no está en el orden del medallero sino en la raíz de esos números, en lo que costó cada uno, en lo que hubo que dejar atrás para poder competir.
Son muchachos y muchachas que no salen de laboratorios del alto rendimiento sino de barrios donde los problemas económicos marcan el ritmo de la vida, donde entrenar es a veces un acto de fe, donde el arroz y las viandas sostienen cuerpos que luego desafían cronómetros, marcas y rivales que llegan con más recursos, con mejores condiciones, con caminos más despejados.
Ellos no, ellos corren con el peso de una realidad que aprieta, levantan más que pesas cuando entran a la plataforma, saltan más alto de lo que permite cualquier carencia, porque cargan con algo que no se mide en kilos ni en segundos, cargan con la necesidad de representar, con la urgencia de demostrar que aún en medio de todo se puede.
Por eso cada medalla brilló distinto, porque no fue solo metal, fue resistencia, fue desvelo, fue la madre que resolvió, el entrenador que inventó, el barrio que empujó, el país entero latiendo en cada intento, y por eso también merecen la misma reverencia los que no subieron al podio, los que quedaron en el camino, incluso los últimos, porque ninguno salió a cumplir, todos salieron a dejar lo que tenían y lo que no también.
Hay historias que no caben en las transmisiones ni en los partes oficiales, historias que desgarran y empujan, que explican por qué cuando suena el himno o cuando simplemente se levanta la bandera, esos atletas aprietan los dientes como si en ese instante se jugara algo más que un resultado.
Son los nuestros, los que están allá y los que estamos de este lado de la barda, los que sabemos lo que cuesta, los que entendemos sin que nadie lo diga, por eso cuando se envuelven en la bandera y gritan Cuba, no es un gesto aprendido, es un acto de pertenencia, una manera de decir que pese a todo, siguen siendo y siguen estando.
Que nadie se equivoque con las cifras, Cuba no fue solo tercera en Santo Domingo, fue gigante en muchas cosas, en sacrificio y en entrega, en esa forma tan suya de competir contra todo, incluso contra lo invisible.
Y por eso hoy no se aplaude solo a los campeones, se honra a todos, porque en cada uno hay una victoria que no siempre se ve, pero que siempre cuenta, la de no rendirse, la de seguir, la de salir al mundo con lo que se tiene y aun así hacer que la bandera suba.
Eso también es ganar, y quizás, en estos tiempos, es la victoria más grande.
Tomado de Cuabebate
