22 de enero de 2026

Radio 26 – Matanzas, Cuba

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El hombre del río (+fotos)

Este no es su trabajo. Es su santuario. Mientras en la Isla los apagones cortan el ritmo de la vida y las preocupaciones se acumulan como nubes de verano, Tomás encuentra aquí una corriente constante.

Al borde del puente cercano al parque Watkin, la silueta de Tomás León Rodríguez se funde con el atardecer. Tiene 59 años, pero cuando sujeta la pandonga (esa red circular de alambre y malla que se ha convertido en una extensión de sus brazos), el tiempo se desvanece.

Es un ritual que comenzó desde que era apenas un niño, cuando los pantalones le quedaban largos y el río le parecía un océano. Hoy, como entonces, viene a buscar camarones y jaibas, pero sobre todo, viene a encontrarse con el mar.

El agua no es solo agua aquí. Es un espejo de memoria de su mayor sueño de niño: tener un barco. No una lancha cualquiera, sino un barco de verdad, con cubierta de madera y nombre pintado en la proa, para lanzarse mar adentro y vivir de lo que las olas le ofrecieran.

Ese sueño se quedó varado en la orilla de su realidad, en la falta de recursos y en los deberes de una familia que mantener. En su lugar, le quedó su pandonga y pescar en las tardes para distraerse de las situaciones cotidianas.

Para Tomás la pandonga es más que una herramienta. Es un artefacto de paciencia, una rueda que atrapa pequeños tesoros del fondo fangoso. Cuando la sumerge, no solo pesca; escucha el murmullo del río. Sus manos, curtidas por años de trabajo, manejan la red con destreza y gestos precisos, como quien arroja un hechizo modesto a la corriente.

Su habilidad de pescar ha mejorado con los años y ahora es como como si supiera dónde se esconden esos pequeños cangrejos de caparazón áspero que, como él, se aferran al lecho riverano.

Este no es su trabajo. Es su santuario. Mientras en la Isla los apagones cortan el ritmo de la vida y las preocupaciones se acumulan como nubes de verano, Tomás encuentra aquí una corriente constante.

El sonido del agua, la brisa suave y el olor salado que proviene del mar ahoga el runrún de sus dificultades. Cada lanzamiento es un acto de fe en lo invisible, en lo que el fondo oscuro puede regalarle: unos camarones para una enchilada compartida, jaibas para el trueque en el barrio o simplemente la excusa perfecta para luego reunirse con los amigos, saborear de un buen ron, dominó y buenas historias.

Tomás ha leído más en las mareas que en los libros, siempre fue un soñador y poeta de gestos callados. El mar que no pudo conquistar con un barco, lo conquista cada tarde con paciencia. Su conexión es íntima y se siente de un jalón cuando algo se mueve dentro, sube la red con un movimiento certero y obtiene su recompensa.

Al crecer, Tomás entendió que su barco no llegaría. Pero también entendió que el mar, tozudo y generoso, viene a él a través de las venas de este río.

No es el capitán que soñó, pero es algo quizás más profundo: el guardián de un encuentro. Cada jaiba que saca es un recordatorio de que la vida, aunque no te de el océano, te puede dar la marea suficiente para no olvidar su sal, pues el verdadero barco que necesitó en su vida no es el que flotaría en el mar sino el que se mantiene a flote dentro de ti.

  • Por: Arabel Sotés, estudiante de Periodismo/ Fotos: De la autora

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