22 de agosto de 2026

Radio 26 – Matanzas, Cuba

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La ley debe ser firme, pero el llamado va al corazón de las madres

La conciencia es el primer juez y si falla, que venga la ley con todo su peso, enjuiciamientos ejemplarizantes incluidos

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Cuando leo sobre el robo de aceite dieléctrico en transformadores, no puedo evitar sentir una mezcla de indignación y dolor. Indignación porque en medio de una crisis energética que nos golpea a todos, hay quienes eligen agravar el sufrimiento colectivo por un beneficio mezquino. Dolor porque sé que detrás de cada posible infractor hay una madre.
Es cierto, las penas de 30 años o cadena perpetua pueden parecer draconianas, pero en el contexto que vivimos, donde cada gota de aceite robada apaga luces en hospitales, paraliza bombas de agua o deja a niños sin ventilación en noches de calor, la severidad no es solo legal, es una respuesta desesperada a una agresión que no podemos tolerar.
Sin embargo, aquí quiero detenerme en lo que realmente duele: las familias. Porque si hay algo más devastador que un apagón, es ver a un hijo, hermano o padre tras las rejas. La ley es justa, pero el peso de una condena no recae solo sobre el infractor; recae sobre los hombros de una madre que se pregunta dónde falló, de unos hijos que crecerán sin su padre, de un hogar que se desmorona.
Por eso, antes de que los tribunales hablen, necesitamos que los hogares lo hagan. Necesitamos que las madres, con esa autoridad moral que solo el amor y el sacrificio dan, se sienten frente a sus hijos y les digan: «No vale la pena. No arruines tu vida, ni la nuestra, por un dinero fácil que solo trae oscuridad a los demás y cadenas a ti».
La conciencia es el primer juez y si falla, que venga la ley con todo su peso, enjuiciamientos ejemplarizantes incluidos. Pero ojalá no tengamos que llegar a eso. Ojalá que el amor de una madre sea más fuerte que la tentación de un delito. Porque al final, nadie gana: ni la familia que pierde a un ser querido, ni la comunidad que sigue a oscuras, ni un país que ya no sabe cómo frenar el desastre.
Hoy, más que nunca, el llamado no es solo a la justicia, sino a la conciencia familiar. Porque si hay alguien que puede detener a un hijo antes de que cometa el error, esa es su madre. Y si ella no puede, entonces que la ley hable,  aunque nunca olvidemos que detrás de cada condena hay una historia de amor quebrada.

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