La nonagenaria energía de Ofelia Tamayo
Ofelia Tamayo camina con tal agilidad como si estuviera decidida siempre a pulsar con el tiempo y dejarlo malparado, al llevarle la delantera. Los minutos le reverencian porque no logran establecer el ritmo de esta nonagenaria mujer, que a simple vista puede describirse de muchas maneras, mas nunca de anciana.
Aunque su pelo ya ha blanqueado tanto como las nubes que asoman en lo alto del Valle del Yumurí en ciertos días claros y sobre sus ojos azules se aposenta la misma neblina que se deja ver desde el portal de su casa como anuncio del estío, nadie creería que esta hacendosa campesina recién cumplió los 93 años de edad.
De andar ligero, como de ave nerviosa, las palabras emergen de ella sentenciosas como de persona que de tanto vivir le conoce todos los secretos a la vida; sus gestos denotan una vitalidad envidiable que no conoce de cansancio o reposo. Desde bien temprano comienza su ajetreo en la finca, muy cerca de Chirino, en el Valle del Yumurí. Antes de incorporarse de la cama ejercita un poco las extremidades.
Sobre todo desde aquella vez que se inclinó para buscar un calzado en la zapatera y sintió en fuerte dolor en las piernas que le han sostenido en este mundo por más de 90 años. Fue entonces cuando decidió realizar flexiones como anticipo a las labores que le aguardan durante el día.
«Yo he trabajado mucho en mi vida», asegura y uno entiende que ese torbellino en que se transforma nunca se detendrá. Bate con fuerza inusitada para recorrer cada palmo de su finca, lo mismo en busca de los huevos de las gallinas que cría, que tratando de erradicar los huecos de la cerca que delimita su posesión.
Todavía se le puede ver, machete en mano, limpiando el platanal o con una guataca repasando los contornos junto a su casa para que no prosperen las malas hierbas.
Ofelia ríe desde el alma cuando habla y menciona a la muerte con desenfado cuando se refiere a la propia. Asegura con una sonrisa juguetona que preferiría irse de este mundo de un tirón, «así, felizmente, sin sufrir», y lanza una carcajada a la vez que «toca madera» como para alejar los malos augurios.
Dice que no soportaría permanecer inactiva en una cama, que lo suyo en permanecer en movimiento constante, encontrar en todo momento algo útil que hacer.
Así fue de niña y aunque hayan pasado más de nueve décadas, no ha perdido esa lozanía.
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Ofelia Tamayo quedó huérfana de madre a los cinco años de edad. Siendo una niña quedó al frente de la casa, ayudando a su padre en la crianza de sus hermanos.
Cuando otras infantes aún sostenían muñecas ella se subía en un cajón para lograr manipular el rústico fogón de leñas.
Junto a su padre aprendió a ejercer las rudas faenas del campo. Lo mismo se le veía cobijando un bohío de guano, que cosechando y desgranando maíz.
Luego se casaría y formaría su propia familia, allá en Baire, provincia de Holguín, donde todavía quedan personas que recuerdan su laboriosidad.
Fueron demasiadas las tareas que desempeñó como cocinera de una Unidad Militar, a la vez que asumía diferentes responsabilidades en organizaciones de masa como los Comité de Defensa de la Revolución (CDR) y la Federación de Mujeres Cubanas (FMC).

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