26 de febrero de 2026

Radio 26 – Matanzas, Cuba

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La nonagenaria energía de Ofelia Tamayo

Conocer a Ofelia, escucharle hablar, convida a reverenciar vidas como la suya, marcada por alegrías y sinsabores, pero sobre todo por esas ganas extraordinarias de vivir y luchar, siempre en un pulseo constante con el tiempo, en el que ella llevará la ventaja porque es de una energía incansable, aunque ya haya sumado los 93 años de existencia

Ofelia Tamayo camina con tal agilidad como si estuviera decidida siempre a pulsar con el tiempo y dejarlo malparado, al llevarle la delantera. Los minutos le reverencian porque no logran establecer el ritmo de esta nonagenaria mujer, que a simple vista puede describirse de muchas maneras, mas nunca de anciana.

Aunque su pelo ya ha blanqueado tanto como las nubes que asoman en lo alto del Valle del Yumurí en ciertos días claros y sobre sus ojos azules se aposenta la misma neblina que se deja ver desde el portal de su casa como anuncio del estío, nadie creería que esta hacendosa campesina recién cumplió los 93 años de edad.

De andar ligero, como de ave nerviosa, las palabras emergen de ella sentenciosas como de persona que de tanto vivir le conoce todos los secretos a la vida; sus gestos denotan una vitalidad envidiable que no conoce de cansancio o reposo. Desde bien temprano comienza su ajetreo en la finca, muy cerca de Chirino, en el Valle del Yumurí. Antes de incorporarse de la cama ejercita un poco las extremidades.

Sobre todo desde aquella vez que se inclinó para buscar un calzado en la zapatera y sintió en fuerte dolor en las piernas que le han sostenido en este mundo por más de 90 años. Fue entonces cuando decidió realizar flexiones como anticipo a las labores que le aguardan durante el día.

«Yo he trabajado mucho en mi vida», asegura y uno entiende que ese torbellino en que se transforma nunca se detendrá. Bate con fuerza inusitada para recorrer cada palmo de su finca, lo mismo en busca de los huevos de las gallinas que cría, que tratando de erradicar los huecos de la cerca que delimita su posesión.

Todavía se le puede ver, machete en mano, limpiando el platanal o con una guataca repasando los contornos junto a su casa para que no prosperen las malas hierbas.

Ofelia ríe desde el alma cuando habla y menciona a la muerte con desenfado cuando se refiere a la propia. Asegura con una sonrisa juguetona que preferiría irse de este mundo de un tirón, «así, felizmente, sin sufrir», y lanza una carcajada a la vez que «toca madera» como para alejar los malos augurios.

Dice que no soportaría permanecer inactiva en una cama, que lo suyo en permanecer en movimiento constante, encontrar en todo momento algo útil que hacer.

Así fue de niña y aunque hayan pasado más de nueve décadas, no ha perdido esa lozanía.

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Ofelia Tamayo quedó huérfana de madre a los cinco años de edad. Siendo una niña quedó al frente de la casa, ayudando a su padre en la crianza de sus hermanos.

Cuando otras infantes aún sostenían muñecas ella se subía en un cajón para lograr manipular el rústico fogón de leñas.

Junto a su padre aprendió a ejercer las rudas faenas del campo. Lo mismo se le veía cobijando un bohío de guano, que cosechando y desgranando maíz.

Luego se casaría y formaría su propia familia, allá en Baire, provincia de Holguín, donde todavía quedan personas que recuerdan su laboriosidad.

Fueron demasiadas las tareas que desempeñó como cocinera de una Unidad Militar, a la vez que asumía diferentes responsabilidades en organizaciones de masa como los Comité de Defensa de la Revolución (CDR) y la Federación de Mujeres Cubanas (FMC).

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En la sala de su casa descansa una máquina de coser marca Singer, la cual heredó de su abuela, por lo que tiene más de un siglo y todavía responde a sus impulsos en el pedal para mover la polea.
Con ese equipo logró mantener a sus hijos y se convirtió en una costurera de bastante fama a la que acudían decenas de vecinos. Se especializó en las prendas para hombres.
Asegura con una mirada juguetona que las mujeres al probarse una prenda recién arreglada a veces exigían atributos del que sus cuerpos carecían. Y ella era costurera, no maga, aclara, y prorrumpe en una risa contagiosa.
Las labores de costura fueron su mayor especialización y de esa forma logró sostener a su hogar económicamente.
Siguió cosiendo hasta hace muy poco, cuando comenzó a sentir una fuerte fatiga por fijar tanto tiempo la vista. Aunque cada vez realiza menos arreglos en su vieja Singer, no piensa desprenderse de su máquina. La conserva en un lugar privilegiado de la casa, justo en la sala.
Ofelia pastó carneros durante años, pero el creciente latrocinio de los bandoleros le obligaron a ella y a su hija a vender los animales. Por ahora le van quedando las gallinas y los platanos que logra extraer del plantío.
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Existen dolores que laceran el alma y el corazón de Ofelia enfrentó uno de los golpes más devastadores de su vida: la pérdida de un hijo.
Todavía sus ojos se empañan cuando le recuerda. Ha pasado el tiempo y al evocarle, siento el vacío profundo que le lastima algo adentro.
En un espacio del patio le edificaron una caseta pequeña donde le deposita flores a sus seres queridos. Es la manera que halló para dignificar a sus muertos y mantenerlos vivos en la memoria.
Por suerte la algarabía de sus nietos y la llegada de unas bisnietas jimaguas logran hacerle olvidar la aguda congoja que padece.
A pesar de la compañía de su hija y nieta pediatra, que viven con ella, y del cuidado y cariño que le profesan tantos allegados, a veces se queda en silencio mirando al horizonte. Es el dolor que regresa, pero ya ha aprendido a sobrellevarlo con cierta entereza.
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Ofelia es de esas mujeres que se vuelven imprescindibles donde quieran que se establezcan. Lo mismo en Cacocún, donde nació, en Baire, donde fundó su familia, o en el Valle del Yumurí, donde habita desde hace muchos años. Siempre ha devenido una especie de matriarca adonde muchos acuden para encontrar un remedio o frase de aliento.
Desde pequeña aprendió a curar el empacho, práctica que heredó de su padre. Muchos han sido los niños a los que ha curado las ingestas  sobando las piernas. Es una especie de misticismo que engrandece su legado, aunque ella no procure un ser especial.
Pero algo de maravilloso sí tiene esta mujer que seduce a quien le escuche hablar con desenfado de lo bello y lo divino. Es como ese café que estimula con su fragancia y del que no le puede faltar el necesario sorbo mañanero.
Conocer a Ofelia, escucharle hablar, convida a reverenciar vidas como la suya, marcada por alegrías y sinsabores, pero sobre todo por esas ganas extraordinarias de vivir y luchar, siempre en un pulseo constante con el tiempo, en el que ella llevará la ventaja porque es de una energía incansable, aunque ya haya sumado los 93 años de existencia.
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