El corazón en medio del camino
Person is walking in the rain with their feet in the water. Concept of melancholy and solitude, as the person is alone in the rain
Hablo a título personal, porque narraré lo que viví. No, no es una canción de Fito Páez, aunque bien podría serlo: «No todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón». Este jueves por la mañana, mientras amenazaba la lluvia, el corazón me lo ofrecieron ellos.
Caminaba desde el reparto Armando Mestre, en la ciudad de Matanzas, rumbo al estudio de Radio 26, ubicado en la calle Santa Teresa. El cielo estaba gris, de ese gris que sabemos terminará en aguacero. Incluso ya caían algunas gotas cuando sentí el ruido de un vehículo detrás de mí. No me volteé. Ustedes saben, a los vehículos estatales uno ya ni les hace señas… casi nunca recogen.
Pero este se detuvo unos metros más adelante. Cuando llegué a la altura de la ventanilla, el chofer, con la confianza del que conoce la necesidad del otro, solo preguntó: –«¿Va pa’ Matanzas?».
Me monté. Era un Jeep Waz, de esos que el pueblo bautizó con gracia como «Burro». Adentro iban tres trabajadores. Sin preguntar, sin exigir, sin esperar nada me recogieron. Mientras la lluvia comenzaba a bailar sobre el capó, supe que eran de Cupet, exactamente de la Empresa de Mantenimiento del Petróleo (Empet).
¿Y saben en qué andan esos hombres? Están enfrascados en la reparación de los equipos que el fuego quiso consumir aquel trágico día del incendio del supertanquero. Hombres que sudan por dentro y por fuera para devolverle la vida a lo que el infierno dañó. Hombres que, a pesar de ir inmersos en esa faena titánica, tienen la grandeza de mirar por el retrovisor y ver a un semejante que camina bajo las amenazas de la lluvia. Les agradecí por el aventón, claro. Pero mi agradecimiento —y el de todos los que han sido recogidos en un momento de desamparo por la escasez de transporte— va más allá del simple «llegar temprano al trabajo». Es un agradecimiento por demostrar que en medio de las carencias, en medio de la rutina gris, todavía hay quien ofrece un pedazo del corazón al brindar un asiento de su jeep.
Así, desde este espacio, en la voz de quien fue testigo, va mi reconocimiento a esos trabajadores de la Empet, a todos los choferes anónimos de vehículos estatales que rompen el molde, y todavía actúan con ese altruismo que nos hermana. Porque no, no todo está perdido; a veces, solo hay que caminar bajo la lluvia o el sol para que alguien decida llevarse la mano al pecho y darle al otro lo que tiene.
Quizá no nos veamos más, no tengo sus nombres y no quise tomar fotos, porque fue todo muy espontáneo y sincero, como son las acciones que se hacen desde el corazón.
