El alma noble que nunca sabrá odiar
» ¿¡Luisa Lázara!?» ; «Aquí pocos la conocen por ese nombre. Mejor pregunta por Tota, y todos te hablarán maravillas de ella. La puedes hallar en el Cuerpo de Guardia, sin dudas es de los seres más amables y queribles que rondan por este hospital», comenta una doctora tras indagar por Luisa.
Y ciertamente Luisa Lázara Vera tiene una legión de personas incondicionales que le veneran, tanto familiares de niños que han requerido de sus servicios como enfermera, hasta el propio personal de salud del Hospital Pediátrico Eliseo Noel Caamaño, quienes le han visto por más de cuatro décadas dedicarse en cuerpo y alma a su profesión.
Le conocen por Tota, como le bautizaron cariñosamente sus abuelos desde que era pequeña y regordeta. Desde entonces, y por más de 75 años, así le llaman todos.
Ella va sembrado amor por donde quiera que pasa. Incluso su sensibilidad es tal a la hora de atender a un paciente que casi le juega una mala pasada cuando era muy joven y cumplía misión internacionalista en Etiopía.
Los horrores de la guerra le afectaron demasiado, y casi no logra recuperarse del estrés postraumático que le provocara presenciar y atender las grandes heridas de los soldados, tanto por impactos de proyectiles de alto calibre, como por las letales trampas que enmascaraban las tropas enemigas a orillas de los senderos.
Incluso hasta la propia Luisa Lázara fue víctima de esas trampas que casi le destrozan una de sus rodillas. Si bien se recuperó, al paso de los años, siempre que ocurre algún cambio de tiempo una pulsada intensa le obliga a pasar su mano sobre aquella lesión de hace más de 40 años.
Fue al poco tiempo de su regreso de dicha misión en África cuando comenzó a laboral en el Hospital Pediátrico.
También llevaría sus conocimientos a otros países como Venezuela y Timor Leste.
Para Tota, el Cuerpo de Guardia es quizás de los lugares más determinantes de una institución de salud. Tanto ha aprendido que en ocasiones, con solo ver al paciente en brazos de sus padres, puede adivinar el padecimiento.
«Conozco esta área de memoria. Con los ojos cerrados sé lo que tiene un niño desde la distancia», asegura. La risa le brota así natural y contagiosa. Cuando se le observa conversar con desenfado a uno también se le dibuja la sonrisa en el rostro.
Tiene esa magia de adentrarse en el alma de quien le ve y escucha, y a los pocos minutos parece que es una vieja amiga de siempre.
» Me encanta trabajar con niños, son más valientes que los adultos. Un pequeño solo grita cuando se le inyecta, pero sé de muchos adultos que se desmayan solo de ver una aguja», y vuelve a sonreír.
Tota a veces lleva en uno de los bolsillos de su bata blanca algún medicamento propio que no duda en regalar a cualquier madre desesperada.
Ella disfruta atender con buenas maneras y sensibilidad, tanto a la madre, como al niño enfermo que llega a la instutición. Por eso se ha convertido en una especie de símbolo del Pediátrico, al que todos reconocen, porque en el transcurso de estos 43 años deben haber pasado generaciones de matanceros por su manos amorosas.
Por eso agradece a la vida los grandes momentos, y hasta algún que otro tropiezo o ingratitud, al que ella le prestará poca importancia, porque el alma noble que siempre ha obrado bien nunca sabrá odiar.
