La paradoja de una política de estrangulamiento
Cuba es un “estado fallido” y como tal tiene que ser sancionado, una y otra vez.
Este criterio que exhibe la actual política norteamericana hacia la nación antillana constituye además una contradicción tan paradójica que ni el más avezado filósofo o economista, puede explicar.
Negar, prohibir, impedir, embargar, en lugar de ayudar, ofrecer, cooperar para poner fin a ese “fracaso”.
Pero eso no puede suceder porque, precisamente, el panorama socio-económico que hoy presenta Cuba tiene origen y final en el bloqueo que ya supera las seis décadas, el cerco petrolero y todas las medidas impuestas por el gobierno de la Casa Blanca desde que Donald Trump llegó a la presidencia en el año 2017.
En el empeño manifiesto de destruir la Revolución cubana, bastión que impide convertir a toda la América Latina en el patio trasero de los Estados Unidos, su administración diseña y ejecuta planes cuyos efectos sobre la Isla ya alcanzan la categoría de genocidio.
A las difíciles condiciones en que vive el pueblo cubano a partir del deterioro de servicios esenciales como la salud pública, el abasto de agua potable, el transporte y la electricidad, junto a la escasez de alimentos, medios para su producción y comercialización, se unen los cientos de contenedores con donaciones destinadas a Cuba que, ante las coacciones o avisos de penalidades llegadas de Washington, permanecen retenidos puertos caribeños.
Mientras todo esto ocurre, desde los EEUU solo se habla de cambios, de una Cuba en la que el sector empresarial privado administre servicios importantes, acciones que rectoreen la economía nacional. Pero cuando el Estado cubano les abre espacio a partir de implementación de 176 nuevas medidas, el Tesoro responde con el cierre o bloqueo de sus cuentas en bancos estadounidenses.
¿Entonces…? Como diría el viejo refrán popular «Boga por qué dan y boga porque no dan…».
El argumento es simple. El sector privado ya participa con fuerza en la importación de alimentos, combustibles, insumos o tecnología. Eso beneficia al pueblo al que asfixian y consolida la relación gobierno-emprendedor privado en favor del Estado soberano que no se rinde a los intereses imperiales.
No necesitan una “Cuba nueva”. Para sus intereses políticos ante la proximidad de las elecciones de noviembre, precisan del “estado fallido” para ganar el voto de la Florida.
No quieren un sector empresarial privado que opere con efectividad en Cuba. Precisan vasallos a sus pies para dominar a su antojo, dentro y fuera de sus fronteras.
Una y otra vez, salen al escenario el doble discurso y las contradicciones que distinguen a la actual administración norteamericana sobre Cuba para ratificar el ideario guevariano,“…no se puede confiar en el imperialismo, pero ni tantito así. Nada.”
