Elegía y oda de una fundación entre dos ríos
Entre dos ríos que abrazan la bahía, un 12 de octubre de 1693, San Carlos y San Severino de Matanzas alzó su nombre contra el olvido. Treinta familias canarias, de espíritu recio y manos curtidas, sembraron su destino en esta tierra de aguas encontradas, bajo el amparo del obispo Compostela y el gobernador Manzaneda, quienes bendijeron la primera piedra de una ciudad que sería cuna de poetas.
La comitiva partió de La Habana el cinco de octubre, portando planos y esperanzas. En Punta Gorda, el escribano Uribe trazó la Plaza de Armas frente a la rada y tres calles —Río, Medio y Ciénaga— nacieron como arterias de un cuerpo urbano que se extendía hacia el norte.
El once, con ritual solemne, se delineó la iglesia; al alba siguiente la misa fundacional consagró el esfuerzo de quienes dejaron las Islas Canarias para poblar un paraje de leyendas y matanzas antiguas.
El nombre de Matanzas perpetúa la memoria del cacique Guayucayex, protagonista del primer acto de rebeldía en la comarca. La ciudad, sin embargo, se levantó sobre aquel dolor como un canto de reconciliación: sus ríos San Juan y Yumurí dividieron el trazado en tres secciones que el tiempo uniría en armonía. A finales de 1694 se constituyó el cabildo y con él la vida oficial de una urbe que pronto sería faro de cultura y pensamiento.
