Un sindicato, muchos desafíos
Vivas, desafiantes, retadoras, continúan en la mente de no pocos delegados las sesiones finales del 22 Congreso de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) en esta provincia.
Antes del comienzo de la cita, postergada en algo más de un año de su tiempo natural, un matancero ponía en dudas la eficacia de la ahora, por su anuncio en formato semipresencial y esa pérdida de la riqueza habitual de los intercambios cara a cara con dirigentes políticos y gubernamentales.
En esa que fue su tercera incursión, el delegado lamentó la péridida de esa opción, porque un Congreso, es debate desde la base hasta esa instancia, pero también oportunidad para disipar dudas, gestionar respuestas, encontrar soluciones.
Esta vez no pudo ser exactamente así, pese a las magníficas intervenciones del primer secretario del Comité Central del Partido y presidente de la República de Cuba, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, y los titulares de las carteras de Comercio Exterior y la Inversión Extranjera, y de Trabajo y Seguridad Social.
El tiempo resultó un factor en contra. Faltó mucho por decir, voces por escuchar, experiencias por compartir. El propio presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez reconoció ser este un Congreso atípico, en cuanto a cantidad de delegados y a su tiempo de duración, debido a las complejas condiciones por las que atraviesa el país.
Cualquiera diría que el horno no estaba para galleticas, digo, para congresos. En citas como estas, mucho se ha conseguido, quizás no en el momento en sí mismo, pero sí en sus procesos.
El Congreso necesita ser extendido, continuado desde otras perspectivas, no solo para no dejar morir su espíritu, sino para continuar escarbando en las esencias del movimiento sindical, en sus misiones primigenias, en las repercusiones de su representación llevada a esa expresión de utilidad contenida en la resolución de un conflicto, en la respuesta a un planteamiento envejecido, en el fortalecimiento mismo de una organización sobre todo en la base, donde se concreta el hecho productivo o presupuestado.
Porque no habrá sindicato, si a este se le amordaza, se le anula, se le mutila. Se le ignora, incluso no por conveniencia expresa, sino por su propia incapacidad.
Hay que cambiar, aprender a hacer, y en eso, sigue sin aparecer el eslabón perdido de las escuelas sindicales. Hoy no solo son necesarias, son imprescindibles.
El sindicato se necesita funcionando, primero en lo orgánico, ser él mismo, alcanzar su autonomía, para cumplir sus roles y exigirle a la administración.
Solo siendo fuerte desde dentro podrá alcanzar esa dimensión barrial, de conectarse a la comunidad, y atender, tal y como se exige, a los trabajadores interruptos en el barrio, porque aunque el sindicato es uno, los desafíos son muchos.
Foto: Del Facebook de la empresa agroindustrial Victoria de Girón
