El «alumbrón» de cada día y la dignidad laboral del reportero
La combinación de días apagados en casi toda su extensión y fugaces instantes en que la luz aparece de repente, hace que en cada casa se viva entre mil y un malabares para poder encaminar la comida que es posible para toda la jornada, lavar cuanto se pueda y bañarse, al menos «lo que la suegra ve», aunque con tanta oscuridad el agua se ha vuelto un lujo.
En el caso de quienes en medio de esta baraúnda intentan, como los periodistas, sentarse frente a la pantalla del ordenador para tratar de hacer –en el rato iluminado– algún aporte de utilidad informativa o reflexionar sobre la tanta barbarie que nos circunda y acecha, las circunstancias se convierten en un dilema nunca antes vivido.
Trabajar a distancia devino solución provechosa cuando la crisis energética aún no había crecido a la dimensión de este momento en el que usted no sabe si el «alumbrón» durará las tres horas anunciadas o un «disparo» imprevisto por sobrecarga de la subestación o el transformador que alimenta su acometida eléctrica lo dejará colgado de la brocha antes de que transcurran los primeros 40 minutos.
Otro infortunio, y no menor, es que el apagón imprevisto «se baile» la fuente de la computadora huérfana de UPS (suministro ininterrumpido de energía) golpe de irremediables consecuencias.
Pero ocurre que tal como reza la sabia sentencia: «el hombre piensa como vive» y la relativa adaptación a las condiciones en que hay que desenvolverse para subsistir, sumada a la voluntad de hacer, han llevado a cada quien a buscar su «acomodo».
Puede parecer una ironía o un golpe de masoquismo, pero heme aquí, redondeando este artículo que empecé hace tres «alumbrones».
Se sabe que son muchos los reporteros que tratan de salvar su dignidad laboral y no dejan de acometer lo suyo como puedan, porque resulta peor sufrir la tristeza de la inercia que el sacrificio de levantarse a las tres de la madrugada para encender la máquina y soltarle con premura las notas preparadas a mano a partir del instante del día en que apareció la conexión.
El digno oficio de informar y el ejercicio de la opinión, tan importantes en estos tiempos en que el adversario trata de tergiversarlo todo con una alucinante avalancha de mentiras, no se apagarán con las bombillas que dejan de iluminarse cada día, encontrarán siempre los destellos necesarios para que la verdad y la palabra se abran paso.
En un mañana no tan distante se hablará con satisfacción y orgullo de cuánto hizo la prensa durante esta crisis en que nos ha sumido la barbarie imperial.
La potencia arrogante sucumbirá lastrada por su propia decadencia, pero la resistencia creativa y la voluntad de salir adelante de los cubanos abrirá los nuevos caminos. Mientras tanto, aprovechemos la oportunidad que nos proporciona el «alumbrón». Sí se puede.
- ACN
