Transferencias, apagones y precios elevados: La odisea de un cubano de a pie
«Mi vida en los últimos días ha sido un martirio», me comentó hace poco un ciudadano «de a pie» como se hizo llamar durante toda la conversación. Sobrepasado por los apagones, el desgaste físico y las colas, no dudó en contarme algunas de sus recientes experiencias en un camino lleno de tropiezos.
“Estuve visitando la caja de ahorro durante cuatro días, en más de una oportunidad, para cobrar mi jubilación», confesó. Sabe que esta situación se debe a la ausencia de fluído eléctrico ya que los trámites se hacen mediante tarjeta magnética, algo inoperante debido a la situación energética que enfrenta el país y la falta de efectivo en los bancos.
«Al cuarto día pude cobrar mi jubilación de cuatro mil pesos; eso fue lo que me dieron, aunque tenía más dinero en fondo. Al salir de la caja de ahorro, fui directo a comprar un file de huevo, que me costó tres mil pesos, por lo que solo me quedaron mil en efectivo.
«Antes de llegar a casa, compré unas viandas y frutas, y se acabaron los mil pesos. Mi esposa me dijo que no había arroz, ni frijoles, así que decidimos ir a un mercadito y comprarlo por transferencia. Pensé que ya teníamos todo resuelto.
Al día siguiente, ella me hizo otro reclamo: no había aceite para cocinar. Muy resuelto le dije que los compraría por transferencia, pensando que sería una tarea fácil. En el primer establecimiento que fui cerca de la casa, el dependiente me respondió que solo aceptaban tres transferencias al día, por lo que prácticamente había que dormir en el portal para clasificar.
Visité sin éxito otros puntos de venta, y cada vez que decía que iba a pagar por transferencia, recibía respuestas de todo tipo: ‘Ya no aceptamos más por hoy’, ‘No hay corriente y no llegan los mensajes’, entre otras negativas. Muchos me miraron con cara de pocos amigos, como si les estuviera faltando el respeto.
Agotado física y mentalmente, me encontré con un amigo que me dijo: ‘Dirígete a tal punto, allí siempre aceptan transferencias, aunque el precio es un poco más alto, porque ellos tienen que dar una cifra por encima para extraer luego el efectivo’.
Mi estado emocional no me permitió reflexionar sobre ese detalle y rápidamente me dirigí a dicho establecimiento; pedí el pomo de aceite y cuando fui a pagar comprendí que eso de que el precio era un poco más alto podía representar bastante para una persona jubilada como yo. Finalmente llegué a la casa con el aceite y las piernas hinchadas de tanto caminar.
En ese momento pensé: dice el hombre ‘¿Para qué promulgar tantas leyes, resoluciones, decretos y otros cuerpos legales, si luego quienes tienen que cumplirlos no lo hacen?»
De esta forma concluyó su relato y no dudó en preguntarme qué pensaba de todo eso. Me
quedé un momento en silencio y le dije: “hombre de a pie, gracias por confiar en mí para desahogarse». Mientras, me quedaba yo ahogado en aquella realidad y mis pensamientos.
