Tu vida llegó para reparar la mía
Nube negra
Eran alrededor de las once y media de la mañana de aquel 20 de marzo que cambiaría la vida de Diana para siempre.
Dina, como le llamaban cariñosamente los más cercanos, no lograba dejar de llorar. Sólo se preguntaba cuál sería la reacción de su madre al saber de la noticia que había envuelto su vida en una nube negra, de esas que anticipan los días más tormentosos.
En el momento del descubrimiento, se ubicaba en el baño de su escuela poco antes de la campanada del timbre.
Un test de embarazo positivo y unas manos sudorosas, propiciaron la necesidad de una huida inmediata hacia un sitio recóndito donde nadie la pudiese encontrar.
Sin embargo, ella suponía que lo justo era sonreír ya que siempre escuchó a los mayores decir que la espera de una criatura es sinónimo de bendición.
Para Diana, comprobar la hipótesis de que su ligero cuerpecito sería portador de un pequeño ser humano en crecimiento, significaba el peor error de su adolescencia.
Los mejores veinte minutos que aplazarían su futura carrera, sus sueños y sus posibles planes lejos de Cuba.
Bañada en un brebaje de nerviosismo, la muchacha de apenas catorce años de edad no era capaz de silenciar sus invasivos pensamientos.
Su mamá vivió la misma situación que ella experimentaría poco antes de terminar el noveno grado, y era inevitable no sentir que la historia se repetiría como una especie de maldición.
Nube gris
La vida de Diana había sido muy dura, con una infancia marcada por frecuentes discusiones en el hogar, problemas de autoestima e incluso trastornos de la personalidad.
Dichas vivencias la llevarían a cometer un intento de suicidio poco tiempo después de entrar en su actual enseñanza académica.
El suceso aterrorizó a todos en la secundaria, pero gradualmente, como todo, se fue olvidando de a poco.
Su ahora núcleo familiar se limita a su progenitora y viven en extrema pobreza en la periferia de la ciudad.
La subsistencia en deplorables condiciones, sin una figura paterna, con diagnóstico de depresión y a la espera de un hijo; eran sin dudas, situaciones difíciles de afrontar y más a una edad tan temprana.
Entre lamentos y cuestionamientos, buscaba sin cesar respuestas en su mente. Su peor y más grande aliado.
Necesitaba de un poco de la determinación de su madre y la certeza de si el regalo de ser abuelo hubiese impedido el abandono de su padre.
Pero más tarde, algo cambiaría en su modo de ver las cosas. A pesar de lo complicado que fue imaginar una vida distinta luego de experimentar escenas propias de película de terror, Diana siempre deseó ser mamá.
Nube blanca
Aún con miedos y dudas, reunió fuerzas y decidió contarle a su mamá sobre el bebé, una semana antes de la consulta de relevación de sexo.
Su madre y padre a la vez, con voz quebradiza y la cara algo rojiza, sin más besó sus mejillas y la arropó entre sus brazos. Los mismos que la cargaron de chiquita y la convirtieron en su motor impulsor.
El día que ambas se enteraron del género de la criatura que estaba formándose en el vientre de la primeriza, los temblores en el cuerpo de Dina retumbaron con más intensidad, pero de alguna forma, se sintió feliz y un poco extraña.
Pensaba que era normal sentirse de esa manera inexplicable.
Diana era una niña quien daría a luz a otra niña en un mundo de hombres. De una sociedad que no distingue y señala con las dos manos.
La muchacha de rizos largos y risa rebelde, no pudo evitar verse en su hija, en la que todavía no conocía pero sentía que le apretaba el alma.
Ella: quiero ser yo en una vida nueva. No, perdón. Quiero que sea ella. En este mundo y este cachito de pueblo. Así tal vez con tanta certeza sea capaz de repararme yo, pensó.
Puede que no contaran con suficientes recursos para ofrecerle una mejor vida, pero de lo que ya no habría duda, era de que la niña que estaba en gestación viviría en un entorno lleno de afecto.
La felicidad no paga un almuerzo en el colegio, pero complementa de muchas maneras la existencia de una persona. Así como Dina añoró durante toda su niñez.
Diana, quien estaba cerca de cumplir los maravillosos quince, desde que supo que se adentraría en el mundo de la maternidad, varios aspectos en su vida experimentaron un cambio radical.
Desde su modo de pensar y actuar, hasta sus proyecciones a futuro.
Si me dieran la oportunidad de volver atrás en el tiempo y tener una vez más la certeza de que en breve estarías en mis brazos, te amaría desde el primer instante que te supe en camino. Tu vida llegó para reparar la vida.
