El negocio de la necesidad, en un contexto donde la economía de mercado es vía, no destino
Que el alza de los productos de primera necesidad responde a un rompecabezas multifactorial es una verdad ineludible: el bloqueo asfixia, las divisas escasean, la inflación estructural corroe y la desregulación ha destapado válvulas de presión y también de oscuras apetencias.
Sin embargo, reconocer esa complejidad no puede convertirse en un salvoconducto para la usura.
La especulación y el acaparamiento no son efectos colaterales inevitables de la crisis; son decisiones deliberadas y ruines. Quien retiene media tonelada de pollo o un litro de aceite para venderlo al doble al día siguiente no está «emprendiendo» ni sorteando adversidades; está apostando deliberadamente contra la canasta del jubilado y la estabilidad del barrio.
Es una estocada a la ética social, un delito silencioso que convierte la necesidad ajena en moneda de cambio.
En esta tormenta, el especulador no es víctima: a la luz pública corre el riesgo de ser interpretado como perverso enemigo del pueblo.
Urge separar el diagnóstico de la crisis de la condena a la codicia; de lo contrario, por mucho que se ajusten las macrovariables, la economía real seguirá secuestrada por quienes hacen del desabastecimiento su mejor negocio.
Recordemos que la economía de mercado es vía y no destino, al menos, hasta que se incluya o niegue en la Carta Magna de la Nación.
