Hacer brillar lo feo
Jovellanos-. En el Consejo Popular Horacio Rodríguez, del municipio hay rincones que la ciudad prefiere no ver. Solares abandonados, márgenes de la línea férrea, el traspatio de la antigua vaquería. Allí la basura crece como una maleza terca. Pero cada mañana, antes de que el sol calcine la tierra, los hombres y mujeres del servicio de limpieza y saneamiento se presentan con sus escobas, sus palas y un camión que parece resistir por pura fe. Ellos son los que, sin aspavientos, van limpiando esos rincones que pocos quieren mirar. Y mientras trabajan, entre el rumor de las bolsas rotas y el golpe seco de los envases, uno recuerda la canción infantil de Liuba María Hevia: “Basurero, basurero que nadie quiere mirar, pero si sale la luna tus latas van a brillar”.

El punto crítico está detrás de la bodega del barrio, junto al consultorio médico. Allí los vecinos han ido acumulando durante semanas restos de poda, colchones viejos y bolsas negras que ningún perro ha osado abrir. El olor es denso, casi sólido. Pero los trabajadores de saneamiento no vacilan. Con guantes gastados y mascarillas que el sudor humedece, empiezan la zafra. Uno de ellos, un joven de bigote tenue que lleva el overol remendado con cinta adhesiva, comenta sin levantar la vista: “Si no viene la luna, venimos nosotros”. Es un guiño a la canción, aunque él no lo sepa.
Porque la canción Lo feo habla precisamente de eso: de ponerle amor a lo que otros desechan. “En una palangana vieja sembré violetas para ti” , dice la letra. Y aquí la palangana es un tanque de fibrocemento partido en dos, y las violetas, los escasos pedazos de cartón que ellos separan para el reciclaje. No es poesía cursi; es la rutina de un Consejo Popular donde los recursos escasean, pero la voluntad no. Los pobladores de Horacio Rodríguez saben que, sin estos obreros, el barrio se convertiría en un basurero a cielo abierto.
La jornada se extiende bajo el sol que aplasta. El camión —un viejo ZIL de los años ochenta— tose y avanza en pequeños impulsos. Los trabajadores cargan, tiran, acomodan. De vez en cuando algún vecino asoma la cabeza y agradece con un vaso de agua o un “gracias, compañero”. Nada más. Pero eso les basta. Como dice el supervisor de la brigada, Rafael, que acumula veinte años en este oficio: “Lo feo no es la basura, lo feo es que la gente se acostumbre a ella”.
Al caer la tarde, el rincón ha cambiado. No es hermoso, claro: el suelo sigue agrietado, el paredón de la bodega está lleno de manchas de humedad. Pero está limpio. Ya no hay moscas revoloteando sobre restos orgánicos, ni el peligro de un foco infeccioso para los niños que juegan en la esquina. Los trabajadores guardan las herramientas. Uno de ellos enciende un cigarro hecho a mano, otro se limpia la frente con el brazo. El cielo de Jovellanos se vuelve añil y asoma la luna, redonda y plateada. Y entonces, mire usted, entre las piedras del suelo, un par de latas de cerveza que habían quedado olvidadas parecen brillar.
La canción infantil termina con una promesa: “Alita de cucaracha llevada hasta el hormiguero, así quiero que en mi muerte me lleven al cementerio”. Es una imagen dura, pero también un recordatorio de que todo, incluso lo más repulsivo, puede reincorporarse al ciclo de la vida si hay manos dispuestas a hacerlo. Eso mismo hacen cada día los servicios comunales en el Consejo Popular Horacio Rodríguez: un esfuerzo loable, silencioso, casi invisible. Transforman la geografía del abandono en un espacio donde mañana, quizás, algún niño pueda sembrar violetas en una palangana vieja. O al menos, donde nadie tenga que vivir en medio de la inmundicia. Y eso, en Jovellanos, es una forma de hacer brillar lo feo.
