21 de agosto de 2026

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Las aceras, un espacio que debemos recuperar

No se trata de perseguir a quienes buscan un sustento, sino de ordenar y regular el uso del espacio público con sentido común. Que las aceras vuelvan a ser lo que siempre debieron ser: el refugio seguro de quienes caminan.

Hoy queremos detenernos en un tema que parece pequeño, pero que dice mucho de cómo vivimos nuestra ciudad: las aceras.

Las aceras todos las usamos a diario. Pero, ¿alguna vez nos hemos preguntado de dónde vienen? ¿Quién inventó ese espacio elevado que separa a los peatones del tránsito?

Quizá en otro momento cuente su origen e historia, hoy me detendré a decirle que esta vía para los caminantes tuvo su origen en Turquía hace más 4 000 años.

Como dato curioso las aceras llegaron a Cuba, con las reformas urbanas de los primeros lustros del siglo XIX, cuando en La Habana se inició la construcción de aceras y el empedrado de las calles.

Antes de eso, andar a pie por la ciudad era peligroso; había que esquivar quitrines, cargas y todo tipo de vehículos.

Las aceras se crearon para proteger al peatón. Ese es su propósito fundamental, un espacio seguro, limpio y exclusivo para quienes caminan.

Sin embargo, hoy en nuestras calles estamos asistiendo a una lamentable distorsión de ese propósito. Las aceras se han convertido en talleres improvisados: mecánicos de moto, reparadores de sombrillas, remendadores de zapatos, barberos con sillón y todo.

Y como si fuera poco la han invadido vendedores de todo tipo de mercancía, entre ellos, han proliferado los vendedores de productos del agro, que al retirarse dejan una estela de tierra, hojas y churre que ensucian el espacio público.

El resultado es que los peatones tenemos que abandonar las aceras y pasar a la calle, exponiéndonos al peligro de ser protagonistas de un accidente. Lo que nació para protegernos, hoy nos pone en riesgo.

Esta no es una queja menor. Es una indisciplina social que se ha normalizado y que, como todas las que se toleran, abre la puerta a muchas otras.

Cuando permitimos que el espacio público se privatice y se use sin control, estamos diciendo que las normas no importan. Y eso, tarde o temprano, termina afectando a todos.

Hacemos un llamado a las autoridades pertinentes—gobiernos municipales, inspección, control urbano—para que pongan atención a este problema.

No se trata de perseguir a quienes buscan un sustento, sino de ordenar y regular el uso del espacio público con sentido común. Que las aceras vuelvan a ser lo que siempre debieron ser: el refugio seguro de quienes caminan.

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